El encuentro

Los Relatos de Carlota

Hacía años que no se veían.
Quizás unos treinta o treinta y cinco. Ella había perdido la cuenta, pero su corazón sabía que algo seguía igual.

Ella miró su rostro, marcado por profundos surcos. Eran las huellas que el sol, tanto andino como tibetano, había dejado en él.
Miró su pelo: seguía tan crespo como antes, solo que ahora cubierto de canas.
Recorrió cada rincón de su cara: los ojos, las cejas, la nariz —esa nariz que siempre le había parecido tan bonita, su sello de italiano del sur—.

Él le decía algo, pero ella estaba absorta, tratando de encontrar en aquel rostro al amigo de su juventud. Y lo encontró. Bastó una mirada para reconocerlo.
En ese momento, se conectó con el presente. Sí, el presente: ese gran regalo que ella misma se había hecho al ir a buscarlo. Supo entonces que había hecho lo correcto.

Hablaron unos minutos.
Ella le explicó por qué estaba allí, qué había sido lo que la había impulsado a buscarlo.

Él le dijo que a menudo pensaba en ella.
Eso la descolocó.
Ella casi lo había olvidado. Su vida había estado llena de aventuras y vivencias de toda índole: locas y normales, divertidas y aburridas, peligrosas y felices.

Había vivido en tres o cuatro países distintos. Había viajado y conocido a mucha gente. Se había enamorado dos o tres veces. Había tenido éxitos y algún que otro fracaso.

Y allí estaba ahora, parada frente a su amigo de la adolescencia, reconociéndolo.

Quedaron en volver a verse.
Ella estaba de paso en el país donde nació, pero ya eran pocas las cosas que la ataban a esa tierra. Sus padres habían fallecido, y sus hermanos tenían sus propias vidas.

De repente, él comenzó a buscar algo. Se movía de un lado a otro. Ella lo observaba.
Hasta que, por fin, sacó una billetera del bolsillo. Rebuscó en su interior y le mostró una antigua tarjeta de visita.

—Aquí está mi correo —le dijo—. Es el del hotel, pero lo reviso siempre.

Ella tomó la tarjeta con cariño. Sonrió al ver que la dirección era de @outlook.com.
Pensó que ya casi no existían correos con esa extensión.

Se dio cuenta de que él seguía siendo el mismo de cuando eran adolescentes.
No tenía móvil, andaba descalzo, no tenía un correo personal, no conducía.

Ella se acercó y lo abrazó.
Extrañaba tanto ese abrazo.

Pasaron los segundos y no se separaban. Sentían el corazón del otro.

Se soltaron, cruzaron unas palabras, y se abrazaron de nuevo… largo rato.
Estaban cómodos. Estaban alegres.

Se volvieron a separar y se miraron.
Vieron en el otro la misma alegría. Y se abrazaron una vez más.

Sus corazones sabían que algo seguía igual:
el profundo cariño que sentían el uno por el otro.