Cuando me gustaba el vino blanco

Los Relatos de Carlota

Hoy leí algo que me hizo recordar la época de mi vida en que me gustaba el vino blanco.
Recién había empezado a trabajar y no diré el cliché de que me creía dueña del mundo… pero casi.
Andaba con los pelos crespos que cubrían la mitad de mi rostro.
Era joven.
Más joven de lo que soy ahora, pero quizás demasiado joven.

Caminaba por las calles mirando siempre hacia arriba; en cualquier momento podía temblar y caerme una cornisa sobre la cabeza. Toda esa psicosis se debía al último terremoto, de casi ocho grados, que había sacudido mi país.

En fin, volvamos al vino.
Salía casi todas las noches. Solía ir al bar de unos amigos que estaba al lado de un cine algo cutre, pero con mucho estilo, en uno de los barrios bohemios de la ciudad. Me sentaba en la barra y pedía una copa de vino blanco, especialmente el Gris, que era el que más me gustaba.
Conversaba con todos los parroquianos del bar y, en algunas ocasiones, hasta me animaba a desplazarme a las trincheras del baile, ubicadas en la parte trasera del local.

Una de esas noches descubrí que el vino era más culpable de algunos de mis actos de lo que había pensado.
Sentada en la barra y observando a mi alrededor para ver la fauna local, vi que se abría la puerta y entraba un viejo amigo, director de TV, con su séquito. Por esos días, trabajar en la tele era signo de realeza y había que tener séquito.
Nos saludamos, pero cada uno continuó con su historia.
Él se sentó en una mesa muy larga, a causa del séquito, y yo seguí en la barra conversando con el barman.

En un despiste, noté que mi copa de vino, casi vacía, ya no estaba, y que en su lugar había un martini seco. Miré a Marcelo, el barman, y él me cerró un ojo.
Pensé: «Bueno… habrá que probarlo».
Al darme vuelta, vi que estaba a mi lado uno de los del séquito. Muy guapo. Parecido a Terence Hill, con grandes ojos azules.

Me miró, hizo un brindis y me dijo al oído: «¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?». Esa era una frase popularizada por un niño en uno de los comerciales publicitarios más exitosos de esos días en la televisión.
No pude evitar reírme, casi a carcajadas. Siempre he valorado el uso del cliché en el momento adecuado, y ese día, en ese instante, fue así.

Lo miré a sus grandes ojos azules y le respondí: «Bebo vino».
Él miró la copa y dijo: «Creo que ya ha hecho efecto… será un Dry Martini».
Nos reímos y nos miramos, tratando de reconocernos.
A pesar de trabajar en el mismo medio, nunca nos habíamos visto.

Se llamaba Andrés y era realmente guapo.
Esa noche, luego de retornar al vino, conversamos durante horas, sin sentir que el tiempo pasaba.
El director cortó nuestra charla: quería irse, y Andrés era su chofer.
Nos miramos y decidimos irnos juntos.
Pasamos a dejarlo a su productora y, de ahí, nosotros continuamos hacia mi casa.

No contaré detalles, pero esa noche fue cuando empecé a perder la cabeza por los ojos azules.