
Durante mucho tiempo creí que no quería trascender.
Era como una certeza silenciosa que me acompañaba sin hacer ruido.
Pero un día, mientras caminaba con mi música de siempre, algo se movió dentro de mí.
El cielo estaba vivo: las nubes danzaban revueltas, el viento respiraba hondo y yo me sentía parte de todo, apenas un latido más en la tarde.
Entonces volvió a mí una frase de La Fiesta, la canción de Pedro Capó que tanto me gusta:
“La gente buena no se entierra, se siembra.”
Y sentí que ahí, en esas palabras, había una verdad que siempre me había estado esperando.
Toda mi vida pensé que no tenía que dejar rastro:
no dejé descendencia y mis acciones más importantes han sido para mi pequeño universo de afectos, mi familia, mis amigos, mi gente querida.
Pero al escuchar de nuevo esa canción, comprendí que sí deseo trascender, aunque sea de una manera sencilla, humilde, silenciosa.
Y al ver esta fotografía que tomó mi amigo John: tan firme y tan vivo que parece sostener el horizonte.
Esa imagen me atrapó y me hablo.
Quiero que me siembren.
Que mis cenizas sean alimento para un árbol, o para una flor que nazca sin prisa en cualquier rincón del mundo.
Creo que soy buena gente—no, corrijo: soy buena gente.
Lo suficiente para saber que he dado luz cuando he podido, lo suficiente para reconocer a quienes han sido más buenos que yo y quererlos a mi lado como quien cuida un fuego.
Amo a mi familia y a mis amigos con esa ternura que no se explica, y me gusta imaginar que un día podrán descansar bajo la sombra de un árbol que, sin decirlo, lleve algo de mí entre sus raíces.