La primera campanada

Los Relatos del Subemontañas

Recibí la primera campanada el cuarto día de marzo de 1978 en el campus de la facultad de arquitectura.

El aire está gratamente fresco y todos los jóvenes de dieciocho o veinte años que pululamos expectantes y alegres en el patio, somos uno con esta mañana radiante de fines del verano. Muchachos y muchachas despreocupados que enfrentamos con cierta inquietud la experiencia nueva y excitante del primer día de universidad. En esta efervescencia siento empatía con mis nuevos compañeros y quizás futuros colegas, una especie de complicidad y comunión porque todos vivimos una jornada especial de nuestras vidas, todos en cierta forma parecidos: Con estas niñas hermosas y bronceadas, con novatos de mirada inteligente y actitud suficiente, con los pocos barbados pelilargos de chomba boliviana; hasta con profesores que a paso parsimonioso infunden respeto al recorrer los pasillos.         

En un corredor que conecta dos patios me topo a boca de jarro con un compañero de colegio. Anda con su primo que yo conocía. Ambos me son simpáticos: dos jóvenes sanos con los que podía hablar y discutir cualquier tema interesante y entretenido. Cuando nos ponemos a conversar llega un vecino de mi compañero que anda a su vez con un amigo.

Con paso desenvuelto se acerca sonriente un tipo moreno y larguirucho unos diez años mayor que nosotros, pelo liso partido al medio hasta rozar los hombros, bigote curvo hacia el mentón y lentes oscuros (Ahora el sol pega más fuerte).

 – ¡Hola cabros. cómo están…!?.  Unos con otros cruzamos miradas de muy buen talante y sin dejar de sonreír. Habían dicho nos contactaría el coordinador de las actividades y de la fiesta de inicio de clases, quizás un alumno de los últimos años. 

 -Bien, bien…aquí estamos… responde uno de nosotros. 

No se ven sus ojos tras el cristal ahumado, sonríe afable y el movimiento en abanico de su cabeza nos recorre casi paternal con la mirada

.-Oye…saben cabros, eeh… acá no pueden estar los cinco juntos…

Nuevamente cruzamos miradas unos con otros, pero ahora sonreímos con aire de desconcierto. Alguien ríe. Quizás el comienzo de una de tantas bromas

mechonas. Lo miramos sonriendo, como esperando algo 

-Yaaa¡ exclamo. 

 -No, si es en serio, aquí no pueden estar los cinco juntos, así que un par de ustedes sepárense y vayan a conversar a otro lao… El recorrido circular de su cuello nos barre de nuevo con la vista como examinándonos Ya no sonríe. 

Una vez más intercambiamos miradas, pero ahora las sonrisas son francamente incómodas ¿De dónde salió este negro? Si era broma era mala. El tipo sigue serio escrutándonos uno a uno

.-Pero ¿Por qué? ¿Qué pasa? exclamamos casi al unísono un compañero y yo, y otro, quizás más arrogante, y animado por nuestras preguntas le esputa de inmediato 

-¡Si poh gueòn, que te pasa…!

Y entonces, inesperado como un trueno en esta fiesta soleada y alegre de todos los tesoros y las esperanzas de la juventud inocente, o como la tragedia repentina que asola una vida gloriosa, en un solo gesto ininterrumpido de movimientos y gritos enlazados que en el recuerdo se confunden, el tipo baja la cremallera de su chaqueta, abre el lado izquierdo y deja ver una siniestra pistola negra de bordes semicuadrados. Da un grito espantoso

-¡¡Como que què te pasa tonto gueòn, te querì ir preso, querì que te meta un balazo!!? ¡¡Al tiro se disuelven los gueones!! Su cara ahora es horrenda y feroz. Se aleja a paso rápido hacia las oficinas administrativas.

Otra vez intercambiamos miradas pero somos absolutamente otros, como si a cada uno lo hubieran trastocado a otro personaje casi opuesto al anterior. Parece que una vibración eléctrica invade la piel y la cabeza aislándonos completamente de las conversaciones animadas y las risas que a nuestro alrededor ahora suenan tan lejanas.

Camino horas como en sueños flotando ajeno, como si quisiera escapar de una pesadilla amarga que se ha apoderado de mi vida hasta hace un rato tan esplendorosa. O al revés, luchando por no despertar de una bella quimera a una realidad trágica. Quizás no puedo ni quiero creer. Noto lo desagradable que es el ruido de la ciudad y hasta la deliciosa luz apenas dorada había mutado a una blancura incómoda y pesada.

  La sensación de que algo se había quebrado brutal y definitivamente en mi interior, en todo lo que yo confiaba y creía hasta entonces, me abruma y se me hace insoportable. Voy con la vista acuosa clavada en el piso. No veo árboles, ni pájaros, ni flores, ni parejas, ni niños ni el sol cenital ni el agua agitada. Sólo veo mi nueva situación de desengaño, un tácito y enorme signo de interrogación que se alza más grande y más fuerte que mi crianza, mi educación y mis esperanzas. Más fuerte que yo. Me voy por la avenida flanqueada por grandes árboles frondosos que empiezan a amarillear. Todo me da lo mismo. Llego a casa cuando la tarde insinúa el otoño con dorados rayos oblicuos y brisa fresca. Se supone que debo estar eufórico y vital. Pienso en hablar con mi padre de lo que había ocurrido y de sus implicancias, pero al imaginar su mirada desecho la idea.

Recibí la primera campanada el cuarto día de marzo de 1978.