Hasta pronto Sol

Los Relatos de Carlota

Hoy has muerto.

La vida y la inmensa generosidad de una persona te regalaron treinta y un años más.

Treinta y un años que, para ti, fueron un regalo. Y para nosotros también, porque nos permitieron seguir compartiendo contigo risas, conversaciones, celebraciones y tantos momentos que hoy cobran un valor inmenso.

Tu vida nunca fue fácil.

La diabetes llegó demasiado pronto y te acompañó siempre, imponiéndote una lucha que pocos alcanzan a comprender.

Fuiste una de las primeras personas en recibir un trasplante doble de riñón y páncreas, y viviste más de tres décadas gracias a ese milagro de la medicina y, sobre todo, al acto de amor de un donante anónimo.

Pero nunca dejaste que la enfermedad definiera quién eras.

Siempre recordaré tu actitud.

Podías cansarte, sufrir o preocuparte, pero había en ti una forma luminosa de mirar la vida.

Eras alegre, optimista y tenías esa manera tan tuya de hablar, rematando las frases con un «¿né?», que inevitablemente nos hacía sonreír.

Brasil nunca dejó de vivir dentro de ti. Allí creciste, allí se forjó buena parte de tu carácter y de tu manera de entender la vida. Cuando volviste a Chile, una parte de tu corazón se quedó para siempre al otro lado de la frontera.

Eras gozadora, apasionada y profundamente enamorada de la vida. Amabas a tu familia, a tus hermanos, y también a quienes tuvimos la inmensa suerte de llamarnos tus amigos. Disfrutabas del deporte, de la danza y de esas locuras esotéricas que tanto te divertían y que formaban parte inseparable de ti.

Y hay un recuerdo que siempre guardaré con una sonrisa: tus palitos de queso. Sabías cuánto me gustaban y siempre me los hacías con ese cariño silencioso que no necesitaba explicaciones. Hoy entiendo que nunca fueron solo palitos de queso; eran tu manera de decir «te quiero». Cada vez que los recuerde, inevitablemente te recordaré a ti.

Hoy nos dejas con una enorme tristeza, pero también con el privilegio de haberte conocido. Nos enseñaste que incluso una vida marcada por la enfermedad puede vivirse con alegría, con humor y con ganas de seguir adelante.

Ay, Solcita…

Gracias por estos años prestados, que también fueron un regalo para nosotros.

Buen viaje.

Ya nos veremos.