
le pregunta mi razón a mi corazón.
La razón quiere saber, necesita confirmar si aquello que imagina es cierto,
si lo que le dictan los sentidos no es un espejismo.
Pero el pobre corazón no entiende de razones…
él solo siente.
Siente cómo se deleita al mirar tus ojos.
Cómo se desborda al percibir tus manos sobre mi pecho, cubriéndolo, protegiéndolo.
Cómo se acelera cuando tus labios rozan mi cuello.
Y aquí voy, a más de diez mil metros de altura, pensándote, recordándote.
Bebo un vino tinto que no sabe como aquel que compartimos en ese pequeño vaso,
cargado de todos los taninos de los momentos vividos:
entre beso y beso, entre caricia y caricia,
mientras calmábamos una respiración excitada y compartida.
Y la razón vuelve a preguntar al corazón:
¿cómo lo harás ahora?
¿Cómo latirás sin esa emoción que te provocan sus manos?
¿Cómo conservarás el sabor de esos labios en tu cuello?
Y el corazón le responde a la razón:
no olvides nada.
Ni el olor, ni el calor, ni el sabor.
Por favor, usa tus poderes: recuerda cada instante, cada segundo compartido.
Recuérdalo todo…
solo así podré seguir latiendo hasta el próximo día
en que tus sentidos vuelvan a encontrarlo.
Recuerda, recrea, revive…
todo es cuestión de tiempo.
Y mientras tanto, escucho a tu amigo Schubert,
y mi razón no comprende por qué mi corazón llora,
si es tan hermoso lo que suena.
Pero el corazón no escucha razones,
solo siente la tristeza
de no tener cerca esas manos
que tanto le hacen vivir.
A 11.583 metros de altura.