
No suelo hablar mucho del clima ni de la forma en que se entromete en mi vida cotidiana. Sin embargo, algunos de mis recuerdos más vívidos tienen su raíz en él.
El primero que me visita es de cuando era muy pequeña. Recuerdo abrir la puerta de la galería de la segunda casa donde viví —esa donde pasé mis años entre los dos y los ocho— y ver acercarse un copo de nieve hacia mi rostro. En mi memoria, aquel copo era enorme, tanto que parecía cubrirme toda la cara. Sé que no pudo haber sido así, pero los recuerdos tienen su propia verdad, su propio lenguaje, y yo me permito contarlo tal como lo guardo en mi corazón.
Ya de adulta comenzó mi fascinación —mi amor— por las tormentas eléctricas. Fue durante una época en que el insomnio empezaba a instalarse en mis noches.
Vivía entonces en una especie de comunidad, en una de las tres casitas que se alzaban al fondo de una gran casa. El jardín era vasto, poblado de árboles altos que regalaban una sombra amable en verano.
Tenía un gran ventanal que daba a ese jardín, y solía sentarme en un viejo sillón de mimbre heredado, envuelta en una manta de plumas de ganso, a contemplar cómo la noche se llenaba de relámpagos. Allí siempre hacía frío: un frío húmedo, persistente, pero de una belleza serena.
Más tarde, las observaba desde mi loft, con casi ocho metros de ventanal abierto hacia la majestuosa cordillera de los Andes. Fueron muchas noches en vela, hipnotizada por el instante en que el relámpago desgarraba la oscuridad y, por un breve segundo, todo se volvía luz. Luego llegaba el trueno, profundo, resonante. Los amo. Amo esa espera contenida entre la luz y el sonido, ese pulso de vida que trae la tormenta.
Solo una vez les he tenido verdadero respeto. Fue en el Amazonas, en una noche de tormenta, navegando en una pequeña chalana con el motor fallando. Cada relámpago era una guía fugaz que me permitía ver, por un instante, cuán lejos o cuán cerca estábamos de la orilla. Esa noche entendí que la belleza y el peligro pueden ser una misma cosa.
Hoy, en tierras lejanas, sigo amándolas. Sigo encontrando en ellas una especie de hogar: el rugido del cielo, la danza de la lluvia, el poder incontrolable de la naturaleza que, por un momento, me hace sentir viva, despierta, parte del todo.