
Fue el día que me avisaron que ella había muerto.
Había un sol radiante y corría una suave brisa, de esas que nos hacen recordar la primavera, aunque sabemos que es invierno.
Todos comentaban el partido de fútbol que se jugaría justamente ese día, pero para nosotros sería el día que siempre recordaríamos como el día en que supimos que ella había muerto.
Ella había sido una niña feliz.
Creció en un país lejano, donde la familia era el núcleo de paz y seguridad que todo niño necesita.
Solía jugar, en sus días de niñez, en la calle, con su pandilla, lo cual siempre fue una aventura para ella.
En esa pandilla había niños de todas las clases y colores: unos más pálidos, otros más morenos… algunos con las manos limpias, y otros con las manos constantemente sucias, como las de ella, que siempre tenían un poco de mugre bajo las uñas. Pero era una mugre cargada de aventura y libertad, esa libertad que solo han conocido los niños que jugaron en la calle.
Le gustaba tirar piedras y perseguir gatos. Iban a la tienda de la esquina —la de don Pepe Grillo— y compraban trozos de chocolate que disfrutaban sentados en las piedras que había puesto Mila (la hija de don Pepe) para que los chicos se acomodaran.
Conversaban de sus cosas y planificaban las aventuras que vivirían por la tarde.
Pocos niños de su pandilla tenían bicicleta, y ella tenía una muy grande. Al ser la menor de varios hermanos, y pertenecer a una familia de esas en las que nunca falta nada pero tampoco sobra, había solo una bici para todos. Solía montarla, y como era tan pequeña que no alcanzaba el asiento, solo podía pedalear de pie.
Tenía apenas cinco años, pero ya mostraba la fuerza y la gallardía que la acompañarían durante toda su vida.
Lo único que era verdaderamente suyo eran sus patines. Los amaba. Sentía que la libertad se volvía real cuando corría por la calle a toda prisa, afirmada en la parrilla de la bicicleta de su amigo Florencio.
Se soltaba justo al llegar frente a su casa y continuaba rauda hasta la esquina, donde la esperaba el árbol que funcionaba como freno natural de su libertad.