
Por fin creo que ha llegado el día que tantas veces soñé y anhelé.
Hoy creo que estoy entera para comenzar a escribir sobre mi periodo de autoexilio.
Hace tres años regresé de la tierra que, por casualidad, me acogió en esa huida, cuasi fuga, planificada únicamente en el momento de partir.
Sí… me fui al sentir que mi corazón no soportaría seguir latiendo en el mismo lugar donde, durante dos años, había sido «casi» feliz. Donde había comenzado un proyecto de vida distinto al que siempre había soñado para mí, pero igualmente legítimo, una opción válida.
Pero como la vida siempre enseña, al cabo de dos años supe, «casi» con crueldad, que no era el camino que la vida, por definición, había trazado para mí.
Por ese motivo, y para no seguir porfiando, partí.
Me fui a un país hermoso. Bello es la palabra perfecta para describir su naturaleza. En cuanto a su gente, aún no logro ponerle un rótulo, pero definitivamente fue un lugar que me acogió, me dio oportunidades y me ofreció un sitio donde estar por dos años y luchar en el intento de «casi» todos los seres humanos: la búsqueda de la felicidad.
Ese bello país es Colombia.
Allí llegué un 17 de enero y permanecí durante dos años.
Como dijera un amigo psiquiatra un tiempo después: yo quería suicidarme, y como mi mente no concebía tal acto, elegí un país tan violento que la posibilidad de morir era una más —con un porcentaje altísimo, por cierto— puesta sobre el tapete de la vida.
Mi primer periodo lo denominaría como: Llanto.
Mi estado natural en esa época eran los ojos húmedos y el alma partida.
Me acogió una linda mujer. Si hay que nombrar cualidades de ella, diría que su voluptuoso cuerpo, su voz y su risa hicieron que el periodo de llanto no fuera el peor.
En este periodo el clima hizo lo propio. Alguna vez, García Márquez dijo que allí podía llover cien años seguidos, y eso es una gran verdad. En Bogotá (la capital)… llueve, llueve y llueve. Lo bueno es que tiene horarios casi exactos, como un reloj; la lluvia siempre comienza a la misma hora.
Las ventanas dejaron de mostrarme el mundo exterior y se convirtieron en espejos de mi alma, rota y mojada.
No solo el cielo reflejaba mi desastre interior. También la tierra pareció solidarizarse conmigo: los temblores y terremotos comenzaron a hacerse habituales en la zona.
Es difícil aceptar, cuando uno va al exilio, que el lugar escogido sea zona sísmica.
Mi anfitriona me acogió con cariño y generosidad.
Fue la principal gestora de mi terapia de cura.
Ella me mostró que la vida está llena de acontecimientos fortuitos que hacen que nuestros destinos tomen rutas tan alocadas como exageradas… Quizás allí comenzó mi aprendizaje: reconocer todas las exageraciones que vendrían después y que harían de mi estadía en Colombia una de las experiencias más trascendentes de mi vida. Al recordarlas, siento que aún sigo con los pies sobre esta tierra.
María Ana —como un día la llamara una bruja— es cantante y por esos días actuaba en varios sitios de moda de la bohemia bogotana.
Me obligaba a acompañarla por las noches y yo, casi sin preguntar ni oponer resistencia, partía.
Me sentaba en alguna silla, alejada del escenario, y miraba… pero la verdad es que no veía nada del exterior. Solo estaba conectada con mi alma rota, tratando de ver por dónde comenzaría a remendar mi corazón.
Así pasaron los primeros días: por las mañanas fumaba; por las tardes —lluviosas— observaba las ventanas lloronas; y por las noches, volvía a fumar, sentada en la última silla de un bar, planificando el tratamiento para sanar mi corazón.
Hay que añadir que, de vez en cuando, conversaba con algún admirador de mi amiga que se acercaba —a petición de ella— a preguntarme qué me parecía el país, a halagar un poco la dictadura que tuvo el mío y, algunas veces, a coquetear un poco.
Con el tiempo me aprendí el repertorio completo de María Ana, conocí un buen número de los sitios más populares de la zona rosa y comencé a integrarme a ese, mi nuevo mundo.
Uno de los sitios que más me agradaba, por la diversidad de espectáculos, se llama Obra Negra: teatro, música en vivo (con María Ana) y pista para bailar. Todo ordenado en una fórmula perfecta para disfrutar de una noche muy bohemia.
Una noche ocurrió algo inesperado para mí.
Llegamos con María Ana y, como era habitual, busqué la silla más alejada del escenario y me instalé con mi monólogo interior.
Al cabo de unos minutos, levanté la vista y vi a uno de los mozos con un papel en la mano. Me hablaba, pero yo estaba tan sumergida en mi diálogo interno que no escuché las primeras palabras. Amablemente, me repitió que el papel era para mí, que alguien lo enviaba. Sin mirar a los lados —como hubiera hecho en otra ocasión, sin el corazón roto— lo abrí y leí:
«A pesar de la tristeza, aún veo la belleza.»
Pregunté quién lo había enviado. Él se disculpó, diciendo que no estaba autorizado a decirlo.
Desde ese momento, levanté la cabeza y me di cuenta de que estaba en un lugar donde la gente iba a divertirse, donde la alegría era el alma, y donde no había sitio para corazones rotos como el mío.
Comenzó un desafío.
La búsqueda del autor de ese papelito se volvió primordial.
Podía estar triste y dolida, pero no muerta.
En esos monólogos me había dicho que tenía que encontrar un hilo del cual tirar para salir de mí misma.
Hoy puedo decir que ese hilo se transformó en una soga, en todo un cuerpo de bomberos que acudió a mi rescate. Hicieron el milagro de que los días ya no fueran tan lluviosos, que las ventanas volvieran a mostrarme el exterior y no solo mi alma, como lo hacían desde hacía casi un mes.
Para ser honesta, creo que ese papel fue la excusa perfecta que encontró mi ser para preguntarse cuánto tiempo más duraría el luto que me había impuesto.
Miré atentamente a mi alrededor… todos se divertían. No encontré a nadie que me mirara buscando una respuesta.
En la búsqueda, me detuve en muchos hombres del lugar.
Debo decir que, en mi opinión, el hombre colombiano no se caracteriza por ser guapo. En lo físico, me resultaban poco atractivos, aunque no así en su simpatía y cordialidad.
Pero hubo uno que me llamó profundamente la atención. Estaba sentado a la cabecera de una gran mesa, cerca de la dueña del local. Había niños, y él era especialmente cariñoso con ellos.
Llevaba un sombrero vaquero, el cabello muy oscuro, largo, recogido en una trenza que caía por su amplia espalda. Se reía mucho; podría decirse que era feliz.
Esa sonrisa iluminaba su rostro moreno. Sus ojos almendrados y negros recordaban un rostro indígena, pero había algo más en él que me detenía.
Sus manos gesticulaban con gracia, casi femenina, pero con la energía vital de la testosterona. No se veían amaneradas; al contrario, eran fuertes y expresivas.
Me las imaginaba en situaciones cotidianas: conduciendo, escribiendo, acariciando… especialmente a los niños.
Y entonces comencé a imaginar cómo serían esas caricias en la intimidad. Si esa cabellera se soltara en medio del amor. Si esas manos cambiaran su delicadeza por deseo.
Mi imaginación trabajaba tan rápido que, de pronto, noté que el show de mi amiga había terminado. Estaba a mi lado, con una copa de whisky, comentándome algo que no escuchaba.
Creo que la interrumpí para preguntarle si conocía a ese hombre. Me dijo que no, pero que podía preguntar a uno de los mozos.
La detuve.
Prefería el misterio. Me resultaba más excitante seguir con mis juegos mentales que conocer una realidad concreta.
María Ana me sacó por completo de mi fantasía. Conversamos sobre mí y mis tormentos. Según ella, mi rostro mostraba una pequeña luz. Mis ojos estaban más inquietos.
No le comenté lo de la nota. Ella hubiera iniciado una investigación y encontrado al culpable, pero para mí era más emocionante mantener el misterio: alguien me observaba, y yo observaba a alguien.
Era un triángulo de miradas que generaba una pequeña corriente en mi interior.
A la noche siguiente volví a Obra Negra, pero hay que reconocer que la actitud había cambiado.
De los cigarrillos de la mañana, la lluvia interior de la tarde y los cigarrillos de la noche, ahora había una esperanza. La esperanza de encontrar al autor de esas letras que habían llegado justo al corazón y que mantenían a todo ese cuerpo de bomberos luchando por mi rescate.
Esa noche fue distinta.
La gente del lugar no era la misma.
La mesa grande se había convertido en un conjunto de pequeñas mesas enamoradas, donde solo había seres que se miraban a los ojos y se hablaban en un lenguaje que para mí ya era pasado.
Pasé la noche mirando fuera de mí y no encontré nada particularmente llamativo.
Nada que me hablara de tristezas casi bellas.
En ese momento, presentí que los bomberos tendrían mucho trabajo en este rescate.
Así fueron pasando los días, con caídas a hoyos físicos que hablaban del agujero emocional que tenía. Resultado: un esguince de tobillo que reforzaba ese estado de no movimiento en el que me encontraba.
A los tres días, María Ana me dijo que teníamos una fiesta el sábado en casa de unos amigos de su recién estrenado novio holandés.
Por la situación emocional que vivía en esos días, mi respuesta fue un “no” que hizo temblar la tierra nuevamente.
Pero como deben ser las amigas en estas circunstancias, su respuesta fue contundente:
—Si no vas… te vas.
¿Qué iba a hacer yo sin corazón y sin techo?
Pero como la tristeza es indolente, estaba dispuesta a dormir con mi soledad y mi pena en la calle.
Un llamado telefónico al día siguiente hizo que esta terquedad —es decir, yo— recapacitara.
Era el anfitrión de la fiesta, invitándome personalmente.
Frente a un gesto tan delicado y amable, no había resistencia que cupiera en mí.
Si algo había aprendido durante mis romances con diplomáticos, era a sobreponerme a cualquier malestar y asistir a las recepciones con la mejor de mis caras… incluso con un tobillo esguinzado.
Me arreglé con el ánimo que solo puede tener un condenado a muerte.
Vestí de luto riguroso. ¿Qué otro color podía llevar mi alma por esos días?
La fiesta era un viernes, y mi amiga luego tenía que ir a trabajar, por lo que la tortura de sonreír y conversar duraría solo un par de horas. Eso sería suficiente para seguir teniendo un techo donde cobijar mi tristeza.
Llegamos a la residencia.
Un lugar hermoso, enclavado en las montañas que rodean Bogotá.
La expresión rígida que había practicado todo el día frente al espejo ya parecía casi verdadera.
Tocamos el timbre y nos abrió la puerta un ángel moreno, de sonrisa amable y acogedora.
En ese momento descubrí que el mundo es redondo, y que donde se quita… se da.
Layana se convertiría en una de mis mejores amigas, y hasta el día de hoy sigue acompañando mi vida.
La calidez que sentí al entrar en ese hogar hizo que mis músculos faciales se relajaran y que la sonrisa fuese sincera.
En pocos minutos me vi conversando con gente de todos los colores, todos los olores —gratos, por cierto—, todos los sonidos.
Sentí que mi alma volvía a tener pulso.
Que, por más tristeza que hubiese en mi corazón, este aún podía latir.
Juliana, Renne, Rabja, John, Richard, Louis, Niklas y mi querido Ab serían los seres que me devolverían a la vida.
Las dos horas que pensábamos estar se convirtieron en segundos y, justo antes de que el reloj marcara la última campanada —esa que indica que Cenicienta debe volver a su tristeza— se abrió la puerta y entró el príncipe azul.
Hoy debo confesar que fue amor a primera vista.
Mis ojos, heridos de tantas lágrimas, podían ver la luz nuevamente.
Podría extenderme en descripciones, pero solo diré que era bello en el más amplio sentido de la palabra.
Me saludó con tres besos formales, y fue como si no me viera.
Nada es tan perfecto.
El reloj dio su última campanada y no hubo tiempo de preguntar nombres ni intercambiar direcciones. Y menos con alguien invisible: yo.
El carruaje esperaba, y si no salía pronto, la inseguridad de la tristeza podría volver a mostrar su rostro y arruinarlo todo.
El frío del exterior me recordó mi realidad: la tristeza, la desolación y la pena.
Al poner el primer pie en la carroza, esta se convirtió en calabaza.
Volví a nadar, como el pez que soy, hacia aguas profundas.
Esa noche no volví a pronunciar palabra.
El show de María Ana me pareció eterno.
Solo quería que Morfeo me mostrara otra realidad.
Esa que me hacía, noche a noche, fumarme los recuerdos de cuando dormía abrazada a alguien. Las noches en que descubríamos nuevas formas de amor. Las noches en que la pasión y las risas eran reales y que ahora se habían convertido en pequeñas torturas.
Desperté el sábado con la sensación de haber tenido un instante de olvido.
El café, los cigarrillos y ese sol tibio de la mañana me hicieron darme cuenta de lo fría que estaba mi alma.
Cuánto puede dañar el amor.
Somos tan vulnerables a los afectos.
Sentí que era como un cachorro callejero y desvalido. Que a la primera muestra de cariño, mueve la cola y ladra de felicidad.
Descubrí que estaba sola, lejos de mi tierra, mi familia, mis amigos, mi casa, mis cosas.
Y que todo este exilio había sido voluntario.
Que este desarraigo físico y emocional respondía al miedo que me provocaba seguir una vida sin todo lo que tanto me había costado aceptar, y que, al cabo de dos años, me había hecho pensar —engañosa y cruelmente— que sería eterna.