
Hoy estoy en mi lado del muro y sé que no quiero hacer ni el más mínimo intento por mirar al otro lado, porque allí está él.
Sí, él. Él que me ha llevado a levantar esta barrera.
Él… el que ahora me conecta con mi lado más oscuro, más triste, más solitario.
Cada vez que me ocurre esto, lo único bueno es que escribo. Hay una veta de escritora masoquista que hace que el dolor me inspire. Es el dolor del amor lo que guía mis dedos casi sin pensar, como si ellos solos encontraran el camino hacia el teclado, como si las palabras y pensamientos fluyeran en cascada.
Hoy estoy en este lado del muro, y rezo para que lo que escribo lave mi alma de este resentimiento que siento. Que también lave mi rostro y borre las lágrimas derramadas. Que purifique mi cuerpo, que aún huele a traición. Que lave mis manos, que no se atreven a derribar el muro.
Por el contrario, están afanosas colocando ladrillo tras ladrillo, casi sin saberlo, sin darse cuenta de que la muralla crece. Y serán esas mismas manos las que algún día deberán derribarla, ya sea para reconciliarse… o para partir.
Esas son las dos opciones. Sí, dos. Como todo en la vida.
Siempre hay más de un camino. Siempre tenemos la posibilidad —y el derecho— de elegir.
Pero, ¿somos conscientes de eso?
Hoy, desde mi lado del muro, ejerzo ese derecho como mujer: el derecho a sentir este dolor profundo por la desigualdad.
Siento que los hombres se toman ese derecho sin culpa. Son hombres, y con eso, parece, les basta para apropiarse de todo.
Nosotras, en cambio, no tenemos ese mismo derecho.
Ser mujer implica ser distinta, sensible, capaz de ser igual en la diferencia. Pero cuando intentamos ejercer esa igualdad, aparece la culpa:
La culpa de ser madre y trabajadora.
La culpa de ser profesional y esposa.
La culpa por competir o sobresalir.
La culpa de ser mejores en unos aspectos y peores en otros.
La culpa, incluso, de menstruar para dar vida.
Las culpas… de mi lado del muro.
Escribir sobre las culpas del otro lado es más difícil.
Primero, porque para una mujer es casi imposible ver a través de los ojos de un hombre. Su sensibilidad, si somos sinceras, parece estar al nivel de los pies… o más abajo.
Y no siendo tan recatada, podríamos decir que está al nivel de las gónadas.
Para entenderlos mejor, hablé con varios amigos y pedí su opinión.
Algunos dieron consejos, otros discursos para el bronce. Y unos pocos —vale decirlo— soltaron una cantidad de tonterías que me hicieron dudar.
No digo que mis amigos hablen tonterías siempre, solo que, cuando intentan ponerse serios, parece que se les activa un mecanismo automático de estupidez.
A veces pienso que deben tener algo muy especial para que sean mis amigos, y que yo, ahora, simplemente lo he olvidado.
No puedo creer que las mismas bocas que me hablan así sean las que dirigen equipos, empresas, incluso este país.
Las mismas bocas que besan, ríen, ordenan, rezan, susurran palabras de amor… cuando no hay muro.
Y aún así, sigo aquí.
Sin saber cuál es la verdadera opinión del otro lado.
Quizás nunca lo sepa. Me doy cuenta de que solo podría conocerla si viniera de los labios de mi pareja.
Y si seguimos así, lo más probable es que lo próximo que escuche de él sea:
—Te ha llamado mi abogado.
Qué ironía.
Ese abogado es mi amigo de la infancia. Se conocieron por mí. Y ahora, él pasa a ser «su abogado» y mi «ex amigo». ¿Será así?
Debemos revisar algunos términos.
Los hombres son criaturas extrañas. También son hijos de Dios, por eso hay que tenerles paciencia y cierto cariño.
Creo que ese es el motivo por el que nosotras insistimos en mantener relaciones con ellos.
Tal vez sería mejor tener esto claro desde el principio, para no andar sufriendo luego en sus manos.
Todo empieza de nuevo.
La vida es una exageración. Estamos en constante cambio, tanto físico como emocional.
Lo que hoy es blanco, mañana será negro… o quizás rojo. Pero seguro dejará de ser blanco.
Las cosas han mejorado un poco.
Eso no quiere decir que el muro esté en demolición. Solo que se ha detenido su construcción.
Quizás, con esta especie de recesión, nos hemos quedado sin material para seguir edificando.
Y, a diferencia de otras parejas, a nosotros esto nos ha permitido reconectar con las partes más profundas de nuestra personalidad.
Y rescatar cosas bellas.
Sí, no puedo negarlo. Han sido cosas generosas, nobles incluso.
Cualidades que nos permiten ver más allá de lo habitual.
Abrir el corazón al otro y, casi, ponerlo en sus manos.
Una vez, en una película argentina, vi una escena así.
En ese momento pensé que era un gesto generoso. Luego cambié: de blanco a rojo, y pensé que era una exposición innecesaria.
Después pasé al negro, y me pareció una tontería.
Pero como todo es relativo, hoy pienso distinto.
Hoy creo que conocer al otro, confiar en que, si entregamos nuestro corazón, no lo aplastará…
Eso nos reconcilia.
Con el otro género.
Y, también, con la humanidad