
Pareciera que nadie sabe cómo empezó. Quizás fue cosa del viento, o del frío… o quizás, simplemente, fue la soledad. En fin, la cosa es que te amo y no sé qué hacer con este amor.
Comencé a verte mientras caminaba. Estabas ahí, a mi lado, y conversábamos de todo. Yo nunca me di cuenta, pero ya estabas junto a mí; y yo, aún sufriendo (el mal de Madrid / la melancolía), te hablaba. Tú me escuchabas atento y sonreías… ahora, por fin, comprendo el significado de esa sonrisa.
Recuerdo cuando hablaste de ese hotel nudista que te gustaría tener. Pensé: «yo también quiero uno», aunque jamás se me había ocurrido que pudiera ser de esa manera. Ese detalle tuyo, tan tuyo, fue el que terminó de unirnos.
Así, la vida y el destino nos acercaron cada día más. Nos acercaron tanto que no tuve más remedio que verte. Y ahí estabas, con esos ojos lindos y transparentes que me conmovieron; me recordaron al cielo, a mi mar y a mis lagos. Tu sonrisa abrió mi espíritu para mirarte de verdad, y tus manos, cuando tocaron las mías por primera vez, me enseñaron lo que significa la verdadera compañía.
Me has hecho volver a ser niña, a estremecerme y a esperar con ansias cualquier noticia tuya, cualquier palabra, cualquier mirada que explique esta complicidad que nos une.
¿Me amarás? No lo sé. Y, por extraño que parezca, ya no es lo más importante. Me basta saber que existes, que caminas por este mismo mundo y que, de alguna forma, el destino permitió que nuestros caminos se cruzaran. Soy feliz sabiendo que estás, y que estás cerca de mi vida.
Cada día he pedido que llegaras, cada día te he buscado y, por fin, estás aquí.
Ahora, antes de dormir, solo está tu rostro frente a mis ojos. Está tu nombre, que pronuncio bajito para que nadie descubra este amor, pero que, por dentro, mi cuerpo grita.
Llegará el día en que hablemos, nos besemos y nada más. Solo con eso me conformo por ahora: con conocer el sabor de tu boca, con descubrir el calor de tus manos y con perderme en tus miradas.
Me has devuelto la inspiración de las palabras, y por eso te bendigo.
Mañana te veré y me siento como el zorro de El Principito, ilusionada por cada minuto que pasa. Mañana te veré y espero encontrarte cuando nuestras miradas se crucen y nos sonriamos. Mañana espero poder tocarte.
Esta noche rogaré por ese instante.