
No se si te conozco
y, sin embargo,
sé el peso exacto de tu silencio.
Sé que lees
como quien afila el alma;
que fumas
para hacer visible el tiempo;
que lloras
cuando el mundo se vuelve demasiado verdadero.
Sé que cuidas a tu madre
y en ese gesto lo haces como quien sostiene el mundo con las manos.
Te gusta el café
porque despierta lo que aún no duele.
Te gusta escribir
porque hay cosas
que solo existen
cuando se nombran.
Miras el mundo
con ojos que no se rinden.
Y eso deja huella.
No escribo por ti.
Escribo porque al pensarte algo en mí recuerda.
Un artículo, una historia, los recuerdos.
Leí el articulo y no lo guardé.
No sabía que los textos también pueden sembrarse en la memoria.
Un recuerdo con la montaña todavía en la mirada, miro las diapositivas que son luz detenida de lo vivido.
Hay personas que no pasan: se quedan.
Como una pregunta que no exige respuesta.
Durante años te amé
sin reclamar forma, sin pedir destino.
Un amor así no hace ruido.
No necesita futuro.
Respira.
Luego la vida, esa experta en distancias, hizo lo suyo.
Yo crecí.
Me perdí y me encontré en otros sitios.
Hasta que leí
y algo antiguo
pronunció mi nombre.
¿Quién era yo
antes de aprender a defenderme?
¿Dónde quedó
esa niña
que pedaleaba la ciudad
como si nada pudiera romperla?
Tu casa.
La risa.
El llanto que vuelve ahora sin permiso.
Escribo y lloro.
Lloro y entiendo.
No sé si leerás esto.
No sé si debe llegar.
Hay palabras
que solo quieren existir, no ser recibidas.
O quizás si son recibidas, entendidas y hasta compartidas.
No espero nada.
Y eso es todo.
Déjame quererte
como se quiere a la distancia:
sin invadir,
sin pedir señales,
sin corregir el rumbo.
Aprendí contigo
que amar
no es retener,
sino decir la verdad
a tiempo.
Nunca es tarde.
Nunca es pronto.
Siempre es ahora
cuando se dice te quiero.
Te quiero
como se quiere lo esencial:
sin ruido,
sin contrato,
sin miedo.
Y aunque no te vea,
sé que estás
en ese lugar exacto
donde me resulta más fácil
ser quien soy.