
Recién me entero de que has comenzado tu viaje.
Y mi mente se ha llenado de recuerdos: imágenes, conversaciones más o menos trascendentes, momentos que parecían simples y hoy se vuelven esenciales.
Pero, por sobre todo, tu humor lo invade todo. Ese sarcasmo tan tuyo, tu irreverencia, tu ironía fina y oportuna. Cómo me gustaba eso de ti.
Cuando nos conocimos, fue como si la vida volviera a entrelazar a tu familia con la mía. La coincidencia de que nuestras madres hubieran sido compañeras de colegio selló de inmediato una especie de hermandad, una familiaridad que parecía venir de antes.
Tu madre, además, siempre portadora de un cariño inmenso, de esos que abrigan sin pedir nada a cambio.
Vivimos años universitarios intensos y algo desbordados. Desayunos interminables en el Burgen Inn del centro de la ciudad, conciertos de mediodía en el Municipal… ay, amigo. Qué tiempos. Qué vida la de entonces.
Podría enumerar muchísimas situaciones más, pero hoy no quiero. Prefiero guardarlas para mí, para que cada vez que te recuerde, mi rostro se dibuje con una sonrisa. Así te honro: en la memoria viva, en el afecto que no se apaga.
No fuiste muy “pololo”, hasta que llegó la correcta. Y entonces te enamoraste de verdad, hasta tu partida. Juntos formaron una linda familia, un refugio, una historia que continúa.
Amigo, solo me queda decirte: buen viaje.
Sé que ya nos veremos nuevamente, y como siempre, conversaremos de cosas tontas y profundas, mezcladas, como la vida misma.