Exilio telúrico, el rescate

Los Relatos de Carlota

El sábado siempre ha sido un día feliz: aún nos queda el domingo para sentir que somos dueños de nuestro tiempo.

Yo, por esos días, solo era dueña de mi tristeza, de una maleta que no terminaba de desempacar, y de un montón de pequeños tormentos mentales que me recordaban, a cada segundo, lo feliz que había sido.

Mi única compañía era el café de las mañanas, la lluvia (real y metafórica) por las tardes, y los cigarrillos de las noches.

Siempre nos despertábamos tarde.

María Ana, después de cada función, quedaba exhausta.

Yo simplemente era exhausta.

La energía que uno gasta en sufrir es inconmensurable.

No existe fórmula matemática que pueda calcularla.

Por esos días, para mí, el E=mc² de Einstein era simplemente la fórmula de la tristeza.

Pero, como ya he dicho: donde se quita, también se da.

Era el 12 de febrero de ese año.

Y para el malestar de todos —incluyéndome—, sonó el teléfono a medio día.

María Ana contestó desde su cuarto y, luego de un momento, me dijo:

—Es para ti.

¿Para mí?

¿Quién podía llamarme?

Mi familia ya lo había hecho el día anterior.

¿Quién más sabía de mi existencia en este exilio?

¿Quién, además de las palomas del barrio, podía pronunciar mi nombre?

Contesté casi sin creerlo.

Era una voz masculina que me habló en un perfecto español, con un extraño acento.

No reconocí esa voz.

Era más probable que hubiese otra Bea, en algún número parecido, y que hubieran marcado mal.

Era más probable todo… menos que me llamaran a mí.

La voz era dulce, armoniosa, y me produjo la misma sensación de confort que me había acompañado brevemente la noche anterior.

—Hola, ¿con quién quieres hablar? —pregunté.

—Soy André, amigo de Ab y Layana, los dueños de casa de la fiesta de anoche —dijo.

¿André? No recordaba ese nombre.

En fracciones de segundo recorrí mentalmente todos los rostros de la fiesta, y no lo reconocí.

Tampoco su voz.

—Disculpa, no te conozco —dije.

—Layana nos presentó anoche —insistió—. Yo llegaba cuando tú ya te ibas. Soy André.

Me quedé helada.

No podía ser verdad.

Mi mente, aturdida y todavía dolorida, solo podía pensar que aquello debía de ser un error o un sueño.

Que en cualquier momento despertaría y volvería a la realidad:

una donde el sufrimiento no concede estos pequeños milagros.

Pero no.

Estaba despierta.

Y alguien —al otro lado del tubo— me estaba tirando de la soga.

Era como un integrante del cuerpo de bomberos, lanzándose en mi rescate.

Era, de alguna manera absurda, un príncipe azul.

Mi corazón se detuvo, luego dio un brinco tan fuerte que casi lo vi salir de mi pecho, dar un pequeño salto en el aire, aplaudir, sonreír, y volver a entrar.

Cosas que, en teoría, no pasan en la vida real.

Los príncipes azules —según la lógica habitual— se hacen esperar.

Te complican la existencia durante días antes de aparecer, impecables y seguros de sí mismos, como si el tiempo no importara.

Pero no. Aquí, el orden del universo parecía estar alterándose.

¿Era acaso el fin de los tiempos? ¿Habían acertado los mayas y yo había calculado mal la fecha?

—¿Hola? ¿Estás ahí? —dijo André.

Yo, absorta en mis pensamientos, apenas logré contestar:

—Sí… sí, estoy aquí —y casi agrego: «Estoy aquí, un poco lastimada, bastante herida, pero aún aquí».

Le expliqué que recién me despertaba.

Después de eso vino su invitación: a las 19:30 pasaría por mí.

Iríamos a ver una obra de teatro en Obra Negra, después a cenar, y luego a un show de María Ana.

Colgué el teléfono.

Me dejé caer sobre la cama.

No hablé.

No supe cuánto tiempo pasó.

Esa noche no salí por obligación ni arrastrada por la inercia.

Salí invitada.

Salí porque, de alguna manera, algo había cambiado.

Un desconocido me había visto, me había reconocido —aunque apenas nos cruzáramos— y me había tendido una mano.

Me saltaré los detalles femeninos: qué me puse, cómo arreglé mi pelo, qué perfume usé.

Solo diré que, aún en el dolor, las mujeres tenemos una capacidad asombrosa de prepararnos para la vida.

Nunca sabré exactamente por qué André me llamó ese día.

Pero sé que desde ese momento, Layana, Ab, André, John, Richard, Juliana, Olguita y el resto del grupo se convirtieron en mi familia.

Ellos me acompañaron en mi autoexilio.

Ellos —día tras día, palabra tras palabra, abrazo tras abrazo— me ayudaron a sanar.

Bailamos, reímos, lloramos, caminamos bajo la lluvia, vimos películas, compartimos silencios.

Y poco a poco, muy poco a poco, mi corazón regresó a su sitio.

La amistad tiene esa magia: te devuelve la capacidad de vivir sin pedir permiso.

Te devuelve la risa espontánea, el diálogo sencillo, la felicidad sin músculos atrofiados. 

Los cafés de la mañana siguieron siendo mis cómplices. Pero los cigarrillos fueron desapareciendo. Y hasta las lluvias de las dos de la tarde parecían menos tristes.

Mi corazón, lento pero firme, empezaba a latir en su lugar. Y, aunque más adelante vendrían otros desafíos, ya nadie podría detener el proceso de mi rescate. Yo tenía, finalmente, un cuerpo de bomberos a mi lado.

Y no dejaría que nadie interrumpiera el milagro.