
Así fueron pasando los días. Las reuniones ya nos iban dando un plan de viaje para nuestro proyecto fílmico más acabado y solo faltaban dos semanas para empezar.
Para solucionar definitivamente mi problema de visa, tuve que viajar a mi país por 10 días, y a mi regreso a Bogotá, esa misma noche partía a rodar nuestras películas. Me pasarían a buscar a mi casa a las 10 de la noche. Con quién me iba y cómo, para mí, era un misterio. Pero bueno, llegué, preparé todo y a las 9:55 estaba lista esperando que me recogieran.
Bajé a la recepción de mi edificio y allí encontré a Antonio José. Con un sombrero vaquero y su amplia y bella sonrisa esperándome. Conversamos sobre mi viaje a Chile y lo tranquila que me sentía.
Así comenzó un viaje de 5 horas. Conversamos todo el camino. Íbamos solos. Su compañía me sentaba muy bien. Es de esos hombres que te cautivan por muchos motivos. Siempre presto atención a los ojos de las personas, pero en esta ocasión, estos no eran lo que más miraba. Eran sus manos las que acaparaban mi atención. Esas manos que tan suavemente tocaban el volante. ¿Qué tenían esas manos que me hacían viajar, que me producían cosas, sentimientos? ¿Las había visto realmente antes?
Paramos por un café en una estación de servicio de la carretera. Prendimos unos cigarrillos y él me quedó mirando y me dijo: «Por fin desapareció esa tristeza de tu rostro. Eso me sonó familiar. «Aún no recuerdas dónde nos hemos visto. Tú estabas muy triste».
Yo siempre he sido despistada, aunque el mundo no lo crea. Pero en ese momento tenía miedo de decir algo que me hiciera volver a mirar los días de sufrimiento por lo que había pasado. No quería volver a darle ni la más mínima cabida al dolor. Además, ¿quién era este tipo que me hablaba de mi tristeza, que yo sentía superada en un mínimo porcentaje pero del cual me sentía tan orgullosa? Y ahí había alguien frente a mí recordándola. ¿Qué derecho tenía de hacerlo? En un momento tomé una actitud un poco defensiva… había sufrido tanto que sentía que mis logros eran como mis hijos y podía ser una tigresa defendiéndolos. Pero antes de dar el primer zarpazo, dejé que él hablara para ver si el zarpazo era solo para herirlo o mortal.
– Yo tengo un sitio que se llama Obra Negra, en el cual cantaba tu amiga María Ana, y tú por esos días ibas mucho por allí.
En ese momento vi sus manos acariciando a los niños. Era él. El hombre con el pelo largo atrapado en una trenza larga que se escondía bajo su sombrero vaquero. ¿Cómo puede ser tan pequeño el mundo? ¿Cómo la vida puede hacerte estas cosas? ¿Cómo es que ocurren? ¿Será esa ley inmutable del destino? No podía entender muy bien los porqués. Mi vida es una exageración y no hay cuestionamiento. ¿Cuántas veces me han pasado cosas así y me seguirán pasando? ¿Estaba preparada para vivirlas? La sensación de sorpresa, mezclada con un poco de vergüenza por mi casi zarpazo de tigresa, fue tan grande que todo mi cuerpo la expresó.
El sorbo de café se fue por otro lugar y el humo del cigarrillo igual. En ese momento me sentí tan inadecuada tosiendo por el horror que me dio. Mi rostro estaba rojo de tanto toser. ¡Si hasta el cocinero somnoliento del sitio salió a ver quién hacía tal escándalo! Por dentro yo gritaba… ¡los bomberos, los bomberos y un paramédico! ¡Aquí me viene el ataque, un ataque y con este dañado corazón! Tanto sufrimiento debería haber dejado secuelas graves. Estaba viviendo un momento tan especial y yo tosía y tosía. Mi corazón estaba débil aún. Resistiría tanto esfuerzo. Dios, pensaba. Déjame un minutito más… dame tu aliento para que pueda respirar. No puedo perderme el final de esta historia… no era justo morirse en ese momento. Tanto esfuerzo había hecho para sobrevivir y ahora me mandas esto… qué injusta es la vida.
Dios se hizo presente en un vaso con agua que alivió mi exagerado malestar de tos. Lo bebí tan rápido que casi me provocó otro ataque de tos. ¿Que alguien parara la historia y me explicara un poquito el libreto?
Ya habían pasado meses desde cuando recibí aquel papel. Nunca supe de quién venía y ahora, por mi trabajo, aparecía su autor y estaba sentado frente a mí. ¿Dónde está la cámara oculta? ¿Quién me dijo que yo era actriz y estaba en este rodaje? No lo creía y si no me hubiera pasado a mí, tampoco lo creería. Esto no pasa y nadie me venga a decir que la realidad supera a la ficción. Esa frase es respuesta de un director.
Bueno, por fin dejé de toser. La vergüenza era mayúscula, eran las 3 de la mañana, hacía mucho calor, estaba en un perdido lugar al interior del país pensando que perfectamente podía ser Macondo y que yo podría seguir tosiendo 100 años. Dejé de toser y fue como si un mutismo absoluto se apoderara de mí. No podía hablar. Pensaba que si abría mi boca para pronunciar una sílaba, volvería a toser y ahora sí no pararía. Antonio José me miraba, no entendía mucho lo que me estaba sucediendo. Yo, con mis manos, gesticulaba que nada, que se tranquilizara y que era cosa de unos momentos. Pero, ¿pensaba eso realmente? No estaba paralizada. ¿A dónde llegaría todo esto? ¿Por qué la vida me ponía a este hombre con rasgos de chamán dos veces en mi camino? ¿Qué tenía que darme, decirme o lo que me parecía más atractivo, hacerme? Quizás fuese él quien me sacara del cuerpo a mi ex, pero al poco tiempo descubriría que de ese menester se encargaría Pacho, el dueño del Escondite. Bien, ahí seguía yo. Tenía ganas de un recreo, tocaría algún timbre como en el colegio y todo quedaría ahí quieto para ser retomado en un rato más. Estos pensamientos quitaban presión a mi mente y de pronto, me salió un: «¡Tú!».
«Sí, yo. Yo te ví varias veces en Obra Negra. Siempre te sentabas al final de la sala y pedías un martini dry y fumabas mucho. ¿Por qué estabas tan triste?».
Ahí estaba la pregunta del recuerdo. Ahí estaba lo que temía, ahí estaba mi pasado haciéndose presente en mi futuro. Dije: «Es una larga historia, comenté. Y, por lo demás, tristeza, que ahora no quiero recordar. Pero te prometo que en algún momento te la contaré».
A.J. es un caballero, educado en internados escoceses, nieto predilecto del rey del café colombiano, fundador y primer exportador de café, creador de ese imperio cafetero. Muerto por guerrilleros que lo secuestraron y tuvieron a su familia 8 años pagando rescates, para luego saber que nada fue suficiente y lo mataron. Dueño de Tamalá, una de las fincas más lindas y simples de la zona cafetera de Neiva.
A.J. es de esos hombres que te enamoran y enamoras. Está abierto a todo y a todos. Me faltarán palabras en este relato para poder describirlo con precisión.
Me contó que él me envió el papel. Que mi actitud al recibirlo lo había impresionado, ya que fue de tal sutileza y encanto que luego le pidió a Helena, su socia, que le preguntara a mi amiga quién era yo. En ese momento, yo no sabía qué pensar. Si bien no soy una mujer que se den vuelta a mirar por mi belleza, sí sé que muchas veces soy encantadora, buena conversadora y otros encantos. Pero esto me estaba sobrepasando.
Me dijo que la tristeza que había visto en mí lo había movido a escribir ese papel. Por algún motivo, que él tampoco se lo explicaba mucho, se había conectado conmigo. Me había observado 3 días seguidos antes de mandarme el papel y se había conmovido.
No lo podía creer. Yo había andado por la vida con mi sufrimiento a cuestas conmoviendo a las personas. ¿A quién más le podía haber pasado eso? ¿Sería acaso que el príncipe azul, bombero condecorado, se hubiera visto conmovido por mi tristeza? No podía ser. Por ese tiempo, la sonrisa ensayada frente al espejo me funcionaba o, por lo menos, eso creía yo. Entré en pánico, ya no por la tristeza que me producía el recordar los motivos por los que me encontraba en esa situación, sino por haber andado por la vida con cara de tristeza conmoviendo a medio mundo. Toda la gente que había conocido hasta esa fecha, ¿había sido por lo mismo?
Pensé que estaba padeciendo un ataque de psicosis temporal. Pero ahí volvió a hablar A.J. para tranquilizarme: «Aunque tu esfuerzo de simularlo era casi perfecto, pero no para mí, que soy un experto en tristeza».
¡Ufff! Qué alivio. Ya estaba empezando a creer que todo lo que había vivido hasta esos días no era más que una mera lástima afectiva hacia esta pobre niña triste. No, hubiera sido casi cruel que así hubiese sido. Los afectos que había tenido por parte del grupo eran reales y ya nunca más los volvería a poner en duda. Ya no más… nunca más dudaría de eso. Eran reales y así fue demostrado día tras día, mes tras mes y año tras año hasta el día de hoy.
Pero volvamos a AJ. ¿Por qué él sabía tanto de tristeza? Eso me confundió un poco. No tenía la apariencia de ser un hombre marcado por ella. ¿Yo tendría esa marca? Pero bueno, ahora no hablamos de mí… bueno, hablamos de él en mí.
Le pregunté cómo era eso de que él era experto en tristeza. Sentí un poco que quería robarme mi rol. Hasta hace poco yo era la experta y sentía que no había nadie capaz de sufrir tanto de tristeza como yo. Yo tenía varios doctorados en esta especialidad y no solo por tristezas de novios que te botan, sino por novios que se mueren, o descubres que son gay o simplemente desaparecen. También por los otros, los trascendentales, como son la tristeza de la orfandad.
Bien, ahora no es momento de tristeza, aunque hablemos de ella, es momento de aclarar este cuento del hombre con cara de chamán que me tenía un poco confundida. Cómo era que la vida nos juntaba.
Y cómo él es, hasta este momento, el que está manejando la situación, me explica su teoría.
Se impresionó conmigo, no podía concebir que en su club, donde la gente iba a divertirse, a ver una buena obra de teatro, escuchar buena música de jazz y blues y luego bailar, pudiera haber alguien con unos ojitos tan tristes. Muchas veces estuvo a punto de ir a hablarme, pero sintió que no podía invadirme de esa forma. Que mi tristeza correspondía a algo más serio de lo que él podía imaginarse. Además, le impresionaba que, a pesar de mi tristeza, yo estuviera en ese sitio. Una persona muy mal simplemente no va allí, por ningún motivo. Por lo que eso le parecía aún más extraño mi presencia allí. Yo le conté mi teoría de la búsqueda del cuerpo de bomberos que me rescatara. Quizás eso explicaba el motivo de que yo estuviera allí. Inconscientemente, por esos días yo buscaba ese hilo que me salvara y que lo encontré. Le conté que muchas veces volví a ir a Obra Negra, ya un poco menos triste, que si él me había visto y me comentó que no, que la última vez que me vio fue una semana después del papel. Esto coincide con la fecha en que encontré a mi cuerpo de bomberos.
Y así comenzó una amistad con este hombre chamán, con el cual viviré momentos inolvidables por muchos motivos