El segundo exacto

Los Relatos de Carlota

Se bajó del bus y caminó lentamente con su pequeña maleta hasta la puerta correcta.

Esperó unos segundos, respiró y tocó el intercomunicador… esperó y miró su reloj. Era la hora exacta, ni un segundo más, ni un segundo menos.

Desde el interior se escucharon unos pasos. Sí, eran los de él.

Su corazón hizo amago de detenerse, pero al pestañeo siguiente comenzó a latir más deprisa.

Recordó las palabras de su viejo tío que, siendo ella una niña, le presagió una vida junto a un catalán.

Cerró los ojos como para mirarse por dentro y ver si estaba guapa.

Sonrió y abrió los ojos… justo en ese momento, él depositaba sus labios sobre los de ella.

Quiso detener el tiempo…

quiso borrar todos los besos anteriores…

quiso, y pudo, sentir ese beso como el primero, el único.

Él era pequeño, con rostro de niño. Ni su cuerpo ni su cara reflejaban sus cuarenta años. Era nervioso y constantemente se tocaba el pelo, como queriendo encontrar en él alguna idea perdida.

Sus colores eran oscuros —ojos y cabellos—, pero su tez era blanca como la espuma de las olas. Le gustaba pintar, pero su pasión estaba en el piano.

Cuando hablaba de él, su rostro brillaba.

Sus dedos siempre acompañaban las notas musicales de su mente… bailaban sobre cualquier superficie cuando llegaba la ocasión.

El beso fue largo. Suave, como los primeros días de primavera.

En ese momento sopló una brisa que levantó el pañuelo que ella llevaba al cuello y rozó suavemente la frente de él.

Despertaron del encanto. Él la miró y acarició su mejilla. Ella solo quería besarlo, besarlo y abrazarlo.

Sentir todo lo que él le transmitía.

Separaron sus cuerpos y, sin decir palabra, se dieron vuelta y caminaron por la calle. Sus manos entrelazaron los dedos y jugaban.

Ambos se sentían estúpidos, pero no podían evitarlo.

No pasó más de un mes cuando se encontraron nuevamente.

El tiempo parecía un instante, pero habían sido treinta días en los que cada uno había vivido experiencias muy fuertes.

Ella había asistido a dos funerales, y él, a la triste noticia de su enfermedad.

Ella se bajó del bus y caminó en dirección a la puerta exacta. No miró a ningún otro lado que no fuese la gran puerta de metal y vidrio. Estaba nerviosa, no sabía bien qué decir ni si las palabras serían lo suficientemente claras para expresar todo lo que sentía y pensaba.

¿Podría decir todo lo que por treinta días había estado guardando para sí? ¿Podría hacerlo?

Se detuvo justo en el portal a la hora precisa, ni un segundo antes. Él ya estaba tras la puerta.

La miró con sus tiernos ojos negros…

Ella vio cómo se deslizaba una lágrima por su mejilla y, sin decir palabra, metió la mano en el bolsillo de su abrigo, tomó el pañuelo que siempre llevaba —el que había pertenecido a su padre— y lo apretó con fuerza.

Con la otra mano, abrió la pesada puerta y entró. Tomó el pañuelo y limpió la solitaria lágrima que en ese momento reposaba en la comisura de sus labios.

Luego se acercó y lo besó… Tenía tantas ganas de ese beso… los treinta días sin él habían sido profundamente largos.

Más que nunca había necesitado ese aliento suave y fresco que representaban los labios de él para ella.

En cambio, él necesitaba de sus manos.

Las cálidas manos de ella acariciando sus cabellos… sus mejillas, su frente.

Sus manos eran las únicas capaces de apagar la fiebre de sus pensamientos.

Sus manos aquietaban su mente.

Por primera vez en treinta días, él sintió que su cabeza no ardía.

Caminaron juntos por la calle de siempre y doblaron en la esquina de siempre.

Solo que ahora sus manos no solo iban entrelazadas, sino también sus almas.

Pero algo inesperado los detuvo antes de llegar a su refugio.

Se habían topado con la salida de un funeral.

Ella se detuvo de golpe… como si reviviera uno de los dos funerales que había presenciado días antes.

Sus mejillas perdieron rápidamente el color rosado habitual. Palidecieron de golpe.

Él percibió el temblor de su cuerpo. No sabía nada de lo que ella había vivido en esos treinta días, pero pudo sentirlo todo.

La profunda pena que ella sintió en ese momento inundó toda la calle; hasta las velas de la iglesia parecieron apagarse por el viento helado que salió de su cuerpo.

Él la miró y no pudo más que llorar.

Porque siempre eran sus ojos los únicos capaces de expresar lo que sentía.

Solo sus ojos podían… solo sus ojos.

Apretó su mano con fuerza… pero no fue suficiente.

Ella, en ese momento, se fue de su lado.

Nunca más la volvió a tener.

Nunca más vio sus mejillas rosadas.

Nunca más secaron sus lágrimas con aquel pañuelo.

Nunca más lo besaron…

Nunca más esperó el segundo exacto tras la puerta.

Nunca más fue feliz…

Nunca más amó.

Se sentó lentamente en la pequeña silla del café y, con un gesto, pidió lo de siempre… un vermut con naranja y mucho hielo.

Miró a su alrededor para ver si encontraba alguna cara conocida.

Miró al fondo y descubrió unos ojos negros que la observaban. No los conocía, pero le parecieron familiares.

Entonces la interrumpió el camarero al dejar la copa de vermut sobre la mesa. Tomó con delicadeza una servilleta y la colocó debajo de la copa… tenía esa costumbre: a todo le ponía siempre una servilleta debajo. Al café, al vino y al vermut.

Volvió a levantar la mirada y la dirigió al fondo del café, donde antes había visto esos ojos negros.

Allí seguían, mirándola fijamente, sin pestañear…

Se incomodó un poco y bajó la mirada, pero al segundo, tomó valor y volvió a mirar…

Nunca nadie la desafiaba. Ella, en miradas, era la ganadora.

Bebió de su vermut y prendió un pitillo.

Cómo le gustaba esa sensación. Era el único del día, y para ella, el placer máximo.

Era un ritual que le recordaba su época de fumadora, cuando llegaba a fumar casi tres cajetillas diarias.

Pero lo había logrado: solo uno al día, y solo con su vermut.

Siguió bebiendo a sorbos tímidos, y cada vez que levantaba la vista, encontraba esos ojos negros que la miraban.

Se preguntaba si él se acercaría, si tendría el valor de hacerlo.

Estaba en eso, cuando entró su cita.

Se besaron tres veces en la mejilla, como era tradición en Holanda.

Tres besos que, a la vista de los parroquianos del café… habían sido uno de más.

Su cita había sido su amante por años.

Habían compartido amor y amistad, pero en este último tiempo solo quedaba el recuerdo de aquellos días en los que paseaban tomados de la mano y sonriendo por las calles de Madrid.