
La sucesión de innumerables e intensísimas vivencias hicieron ese día eterno y agotador.
La primera claridad nos revela primero el perfil, y después el relieve de los enormes e inestables bloques de hielo por donde buscamos pasar a la gigantesca y empinada pendiente superior.
Quien haya estado en tal ambiente fantasmagórico e irreal, con los nervios, el instinto y los sentidos a flor de piel, quizás entienda el indescriptible gozo de alguien consciente en tal situación.
Siempre he creído que el alpinismo es de las pocas actividades humanas que nos involucra total e integralmente. Nuestro espíritu, nuestro intelecto y nuestro físico se aúnan por igual en un acto que engloba todo nuestro ser.
Dejando atrás la zona de hielo más quebrado, y antes de entrar en el enorme flanco de 700 metros que conduce al torreón rocoso de la cima, nos encontramos con una grieta muy grande que segmenta el glaciar a todo lo ancho. Vista desde abajo, por la superposición de los planos y el ángulo, parecía poco más que una línea, pero ahora vemos que su anchura varía de dos a cinco metros, con el agravante que en las angosturas el labio superior está al menos un metro más alto. Mientras observamos buscando a derecha e izquierda alguna debilidad en la estructura del vano, recibimos por nuestra derecha arriba, asomando tras una arista, el primer rayo de sol. Cambio total: parece que hubiésemos sido transportados mágicamente y en un instante a un escenario totalmente distinto al anterior. De la fría monocroma en celeste pálido y blanco, pasamos al multicolor estridente de nuestros equipos y vestimentas. Los espolones rocosos que afloran del hielo a unos centenares de metros mutaron de azul negruzco a sus infinitos matices de pardos, rojizos, grises y amarillos. Hasta el hielo y la nieve que pisamos, antes de una monotonía granulosa, revela ahora sus relieves de sombras, brillos y transparencias en diversos tonos, y a ratos algún reflejo en un cristal nos sorprende con un destello fugaz en que está todo el arcoíris. Quizás un centenar de metros a la izquierda, vemos una línea de tono más claro que baja verticalmente por la nieve; algún deslizamiento que dejó restos de hielo que cubren parcialmente la grieta. El terreno es cómodo y permite asegurar por hombro con razonable solidez. Tanteos con el piolet, apisonamiento de la nieve con los pies, algún pequeño hundimiento inesperado y nervioso me deja, después de dos pasos de incertidumbre, en el hielo más sólido de arriba. Pasamos las mochilas arrastrándolas con la cuerda (por cada uno son casi diez kilos menos sobre la grieta). Aseguro a mi compañero que ágilmente y casi a la carrera llega a mi lado.
Para un alpinista con cierta experiencia es una felicidad inenarrable escalar un flanco helado. Estamos a unos 4.700 metros, a unas diez horas de marcha forzada antes de encontrar a alguien (ese alguien puede ser un arriero del fin del mundo) y ahora me siento pleno, en este flanco de 55 grados de inclinación y totalmente seguro de mí, de este entorno, de mi compañero a quien quiero entrañablemente. Miro hacia abajo y allí está, sonriéndome y dándome ánimo, al lado de dos sólidos tornillos en el hielo. Detrás de él la pendiente se desliza vertiginosa y se suaviza desembocando en la quebrazón de hielos que superamos al amanecer ¡Que belleza! Ya pasan de las diez de la mañana y las ráfagas de viento helado que se han incrementado y unos cirros que tienden a velar el azul profundo del cielo auguran un cambio climático. El flanco de esta montaña se va angostando y haciendo más vertical a medida que subimos. Ya la inclinación supera a ratos los 60 grados y unos doscientos metros más arriba su estrechura la lleva a convertirse en una canaleta que con un tramo final cercano a la vertical, esperamos nos deje a pocos metros de la cima. Llegados allí vemos que en los últimos diez metros el hielo tiene una inclinación que supera los 80 grados. Tras buscar una posición que me brinde cierta seguridad y cierta comodidad, instalo un tornillo. No entra entero en el hielo porque sospecho que topa en la roca subyacente. En el tornillo y pegado al hielo pongo una cinta y de ella aseguro con un mosquetón. Así y todo, no me da mucha confianza y lo uno mediante un cordín a un diente rocoso que sobresale del hielo unos cuatro metros a la izquierda. Algo más tranquilo emprendo la escalada final. Son las 13.15 horas y nos sentimos razonablemente seguros de llegar pronto a lo más alto. En la óptima consistencia del hielo las puntas de mis herramientas me dan seguridad y no me canso tanto como creí. Todavía un esfuerzo de concentración, tensión y nervios para pasar con mi pie y mano izquierdos a la roca, mientras mantengo estáticos y sin vibraciones los derechos, con las puntas del crampón y el piolet firmes en el cristal congelado. ¡Al fin! Bien establecido sobre una terrasita de rocas desmenuzadas me quito los crampones y me pongo el cortaviento con capucha porque sopla un viento helado. Aseguro a mi compañero y ya juntos examinamos las rocas pardo rojizas, con grietas rellenas de hielo que se recortan más arriba contra el cielo, cada vez más velado por cirros blancuzcos; le comento que las rocas parecen asequibles sin aseguramiento; estamos cerca… De pronto escucho una especie de lamento, una leve voz aguda y sostenida. No me cuestiono mucho porque el viento zumba y gime en diversos tonos entre las rocas y en mi gorro pasamontañas. Y entonces lo siento de nuevo. Miro a mi amigo. Está sentado dándome la espalda. Está sollozando. Me pongo frente a él » ¿Qué pasa?» Se serena un poco y dice «Estamos podridos…» Nada digo, pero mi presencia y mi actitud sostienen la interrogante. Sigue con voz quebrada «Mira cuánta belleza, cuánta poesía hay ahora en nosotros y en todo esto. Y sin embargo, por mis apegos me duele estar acá y no allá abajo. Y cuando estoy abajo desprecio todo, sufro y añoro esto… Y sé que a ti te pasa exactamente lo mismo… Estamos podridos Ítalo, estamos condenados a no tener paz en ningún lugar…» El viento que se filtra entre las rocas produce cantos extraños, diversos lamentos. Nos quedamos inmóviles y en silencio, hasta que bruscamente digo «Vamos, que el tiempo está cambiando…» Afronto las rocas heladas, fáciles y quebradizas. Hay un resalte vertical de un par de metros. Mi cordada me insta a poner un seguro “Eres muy cabeza dura”.
Los roqueríos alrededor caen a plomo por un centenar de metros, se pierden bajo salientes y extra plomos y más abajo, entre volutas de niebla reaparecen las pendientes de hielo, y ya llegando al valle, a ochocientos metros en vertical, la quebrazón de séracs. Todo es fantástico e irreal. Las rocas se angostan hasta conformar un filo, fácil pero muy expuesto y aéreo. “Respira profundo y sereno. Concéntrate en donde estás, en los apoyos y los agarres. El resto no existe» Me digo intentando infundirme valor. El viento sopla más fuerte y hace mucho frío. Unos diez o doce metros por encima no veo más rocas y sólo el cielo encapotado. ¡En cuántas cumbres he tenido esta misma sensación de inminencia!.
Hace rato que mi acompañante está fuera de mi vista, oculto por resaltes y estructuras de la roca. Escucho un grito ininteligible, que presumo interroga por mi avance. Instalo un seguro en un bloque rocoso y me descuelgo algunos metros por la cuerda hasta que pueda escuchar mi llamado a avanzar. Al reunirnos tenemos una pequeña discusión porque no instalo más anclajes intermedios. Si me siento seguro no pierdo tiempo en tecnicismos. Me dice “No tenemos el control de todo, pueden surgir imprevistos inverosímiles «. «Es una cosa por otra. Es una posibilidad riesgosa que estoy dispuesto a asumir” respondo. Saber que estamos casi en la cumbre me llena de una sensación de seguridad y aplomo que ahora me avergüenza. Siento frío y voy a los metros finales.
Un breve resalte aéreo que podríamos calificar de 5.6 o 5.7 me deja en unas rocas fáciles que casi sin usar las manos me conducen a lo más alto.
! Lo más alto¡¡Ay! la desazón me produce un vacío en el plexo. En un momento siento un vahído que casi me hace desfallecer. Estoy en una punta rocosa ¡y la verdadera cumbre está a unos 80 o 100 metros al Noreste y unos treinta metros más arriba¡ Azotado por un ventarrón gélido analizo la situación. Desde donde estoy sale un filo de gendarmes y dientes rocosos incrustados de hielo con caídas vertiginosas a ambas vertientes. El punto más bajo de esta arista exige un descenso de unos treinta metros…Hace un minuto era todo tan esplendoroso y ahora tan angustiante…
«Lleguemos hasta esta ante cumbre no más» dice mi amigo. Busco excitar su amor propio «Lancémonos a la belleza y a la poesía.
Recién son las dos. El clima no se va a poner peor y yo tengo mucha pila todavía… ¡Vamos, ánimo! …» Con política de hechos consumados, ya que él nada responde, empiezo a bajar por el filo. Encuentro hielo negro donde los crampones hacen tanta mella como en la roca sólida. Instalo un rapel de unos cuatro metros.
Otro de ocho metros. Mi acompañante no habla, simplemente me sigue como un autómata. Llegamos al punto más bajo de la arista y nos abrochamos firme nuestra ropa porque el viento es fuerte y helado. No hacemos pausas. Falta poco para las tres y tomamos el último trago de agua. Una serie continua y vertical de dientes rocosos me obliga a bajar unos quince metros hacia el Este, para flanquear en travesía la base de las tétricas formaciones. La dureza del hielo verde, azul y negro con una inclinación de 60 grados, y el pavor a una caída en péndulo, no facilitan la tarea. Intento sentirme seguro y ser muy consciente del equilibrio de mi cuerpo y de cada uno de mis movimientos. Si ahora me lo preguntaran no sabría decir dónde estoy. Mi compañero no habla y no gesticula.
Sólo me sigue muy lento y sin chistar. En un momento tuvimos que pasar por un estrecho, siniestro y vertiginoso boquete entre dos torreones a la vertiente Oeste, exponiéndonos totalmente al viento. Una empinada y difícil canaleta- chimenea de mixto de unos quince metros nos deja por fin en roqueríos fáciles cercanos a la verdadera cumbre, donde llegamos a las 15.20 horas. Cuando nos abrazamos me dice “Eres un hijoeputa”. Nos miramos sonriendo, en el fondo creo que cada uno agradecido del otro. Con un tiempo inclemente y con la angustia de recorrer este filo a la inversa y después tener que bajar la sección de hielo vertical, los setecientos metros del flanco nevado y la quebrazón de séracs final, empezamos nuestro onírico retorno. Ahora sí entramos en el mundo del inconsciente, del subjetivismo, de actuar guiados casi exclusivamente por el instinto. Los recuerdos fragmentados se confunden. El frontal Sol de la tarde, junto a los vapores del sudor y de la respiración agitada, empañan cualquier anteojo y nublan la visión ya embotada. En un tramo de arista mi amigo resbala en una placa de cristal azul.
Afortunadamente tuve la precaución de pasar la cuerda tras un saliente rocoso y el radio de su péndulo fue de unos cuatro metros, sin consecuencias. De otra forma hubiera recorrido un arco con unos quince metros de cuerda y los resultados quizás serían otros. En la canaleta de hielo vertical me valgo de un diente de roca para instalar un rapel. Uso un truco personal: uno la cuerda de nueve milímetros con un cordín de cinco. Ambos tienen 45 metros y con una vuelta extra en el descensor hacemos dos rapeles en uno, ahorrando tiempo, peso y volumen. La mitad inferior de la pendiente de hielo la esquiamos o la bajamos deslizándonos sentados, intentando gastar poca energía y sobreponernos al agotamiento. La rimaya de la mañana no da problemas porque el borde superior está mucho más alto. El Sol se esconde tras una arista y ahora está totalmente despejado. Hay una quietud y un silencio tan absolutos que creo estar alucinando. Pero el ruido de nuestros pasos y el jadeo de la respiración me retrotraen a la realidad. A lo lejos retumba algún deslizamiento. Mi compañero se va quedando atrás, está exhausto y propone un vivaque. Escucho agua correr y mientras colecto algo como puedo, le digo que respire hondo, que descanse, que falta poco. Llevamos diecisiete horas de actividad ininterrumpida y no me resulta atractivo pasar la noche al descubierto sobre el hielo, sin saco de dormir, sin alimento y sin agua. La oscuridad viene subiendo de lo profundo de los valles, y me preocupa encontrar el camino en el laberinto de hielo que tenemos delante. Sobre pequeños mantos de nieve polvo ocasionalmente encontramos nuestras huellas dejadas antes del amanecer. Afortunadamente ver el terreno desde lo alto facilita encontrar el camino correcto y solo una vez tuvimos que deshacer lo andado por unos cuarenta metros al enfrentar dos enormes grietas paralelas. Mi amigo está agitadísimo y debe detenerse a cada momento. La noche ya nos cae encima y nos quedan unos doscientos metros para salir del hielo. La tienda nos espera poco más allá. En la última parte el glaciar se tiende, y salvo los penitentes no da problemas. “Me adelantaré para encontrar la carpa; te guío con gritos y con la linterna frontal” digo. No hay respuesta. El hielo y la nieve actúan como reflectores y ya sobre la morrena pedregosa la oscuridad es casi total. Entre las sombras quebradas y rectas de los bloques rocosos que se recortan contra la última y exigua luz apenas fulgurante en anaranjado y carmín, veo de pronto el suave perfil curvo de nuestra carpa… Poco después, cuando sentimos helar el sudor en nuestra piel, hirvió el agua y tuvimos en la mano una taza de té caliente y un pan añejo con queso. Sentados en las piedras bajo la noche estrellada y glacial, agradecimos una de las cenas más hermosas en la vida. Aseguro que en ese momento no había sobre la Tierra alguien más feliz que nosotros.
A Reginald Rees
P.d.
- Vivaque puede ser improvisado o programado. El primer tipo puede ser terrible. Es pasar la noche adaptando lo que se disponga en ese momento. El segundo contempla lo básico a llevar.
- Sérac es un vocablo francés que designa un bloque de hielo que se produce en los glaciares por la tensión entre el roce del hielo con el lecho rocoso que lo contiene, y la masa de hielo que empuja desde arriba.
- Rapel es el descenso en doble cuerda. Maniobra práctica y útil pero peligrosa.
- Rimaya es una grieta generalmente horizontal, que se forma en el hielo
- cuando se encuentran dos planos de diferente pendiente.
- Penitentes son estructuras verticales de nieve en la superficie de los glaciares, especialmente de los Andes centrales y del Pamir en Asia central. A menudo se presentan en extensos campos que dificultan el avance del montañista. Se producen por la insolación y la oscilación térmica en determinadas zonas y temporadas.
- Crampón es un armazón de metal con pinchos, que se fija a los zapatos para ascender por nieve dura y hielo.
- Piolet es la voz francesa para nombrar a la piqueta de hielo, término actualmente en desuso. Símbolo del alpinismo, herramienta fundamental.
- Descensor es un artilugio metálico que mediante roce por bucles de la cuerda, permite un descenso controlado. También se usa para asegurar.
- Mixto es el terreno donde se combinan roca, nieve y hielo.
- Morrena se llama la acumulación de material rocoso dejado por la actividad glaciar.