
Cerro Aconcagua, 17 de enero de 1988. Desde el refugio Berlín, a 5.800 metros de altura, y poco antes de las cuatro a.m., salgo junto a seis clientes hacia la cumbre de América. La atmósfera tiene un tinte velado y está incluso algo tibio, o lo que puede entenderse por tibio a esa altura. El informe meteorológico no era muy preciso en cuán estable o tormentoso se presentaría este día, pero así y todo había que aprovechar el tiempo limitado de una expedición comercial. Aún a oscuras me doy cuenta, por las lucecitas de las linternas y las voces en diversos idiomas, que vamos a la cabeza de un contingente de al menos 20 aspirantes a alcanzar la cima. Junto al primer atisbo de claridad en el horizonte hacia el este, empieza a disminuir la temperatura y a correr un viento helado. Acercándonos al refugio Independencia, a unos 6.300 metros, el cielo adquiere un tono metálico y lechoso, el frío y las ráfagas de viento se intensifican, y a ratos se siente en la vestimenta y el pelo la electricidad que satura el ambiente. Todos los andinistas se empiezan a disgregar; entre ellos dos de mi grupo deciden regresar por frío y agotamiento. Intento que las pausas sean más numerosas pero más breves para que nadie, incluyéndome, se enfríe demasiado. En la travesía hacia la Canaleta -Travesía del viento- a unos 6.400 metros, mis cuatro clientes y yo seguimos a la cabeza de todos los que perseveramos en el ascenso.
Pero el cielo se encapota y la visibilidad se reduce. El viento sopla sin pausas y empiezo a mover continuamente los dedos de los pies y de las manos para que entren en calor. Desde el comienzo de la Canaleta, ya con toda la claridad del día, veo que varios de los que venían dan media vuelta. Otros dos de mi grupo también. Espero al par que me sigue y de mi mochila saco un termo para ofrecerles un trago de té tibio. Lo había llenado con té hirviente en la tienda. Sale un líquido agua-nieve que igual ayuda a refrescar las gargantas resecas.
Son casi las nueve de la mañana. Proseguimos penosamente en medio de rachas que hacen perder el equilibrio. De un cierre de mi mochila llevo colgado un mini termómetro cuya menor graduación indica -24 grados. Está en -21. Mis dos compañeros vienen a unos 30 y 40 metros detrás. Pienso que la situación se está poniendo de veras seria, y decido esperarlos para evaluar su condición. En alcanzarme demoran unos veinte minutos y estoy aterido de frío. Uno de ellos es un médico alemán, alto y serio, a quien durante toda la expedición no le he conocido ni el tono de voz. Se llama Georg Denk. Es parco y taciturno, pero no me desagrada. Ante mi pregunta, él asiente con la cabeza y una mano con el pulgar arriba. «Gute¡» le digo. El otro se acerca y me dice, en medio de un gélido ventarrón que obligaba a hablar gritando «Yo no sé si seré capaz de bajar». Y le respondo “Esa es su decisión, usted es el cliente, pero esto se trata de llegar arriba y después regresar a salvo al campamento». Era un carpintero austríaco del Tirol. Me clavó sus ojos grises, que en ese momento eran como una rama de brotes frescos flotando en un mar embravecido, y me dijo «O.k. entendí…buena suerte», y se dio media vuelta… Grité al alemán «Bien, estoy casi congelado…lo esperaré en la cumbre. Usted viene bien, tómelo con calma, esto es casi el final…». Para mi alivio, me mostró de nuevo su mano con el pulgar arriba. Estábamos a unos 6.700 metros y ya nadie nos seguía. Sé que puede resultar extraño, pero entonces, a pesar del temporal, de mi hipotermia y de la incertidumbre sobre lo que nos esperaba, me sentí tremendamente feliz. Intenté apurar el ritmo para entrar en calor, siempre moviendo enérgicamente mis veinte dedos y dando ocasionales miradas, a través de jirones de niebla que a ratos lo ocultaban, a mi circunstancial compañero, que proseguía muy lento pero sin grandes pausas. Zarandeado como un muñeco por torbellinos de nevisca llegué a la cumbre del Aconcagua a las 11:38 horas. De inmediato busqué algún cobijo a sotavento entre las rocas y me tumbé en posición fetal ofreciendo mi mochila al huracán que silbaba como látigo entre las piedras. Y así de simple: estaba tirado allí en el punto más alto de toda América con un temporal encima. No sé si estaba feliz, o angustiado, o desesperanzado. En un momento solté una carcajada. A pesar de todo, unas cinco o seis veces, intentando que coincidiera con una brecha en la borrasca, me asomé a ver cómo y dónde venía George. Su ritmo era de unos tres metros de ascenso por minuto. Al parecer me dormí por algunos momentos, y al volver en mí, después de un lapso indeterminado de tiempo, estaba totalmente helado y sentí de pronto la garra de la incertidumbre y la angustia que me oprimía el estómago. Si el
clima continuaba empeorando en esta exasperante espera sin fin… La última vez que me asomé, mi compañero venía como un espectro entre brumas a unos cuarenta metros de la cima.
Espontáneamente y presa de los nervios, di un alarido con todas mis fuerzas, con la esperanza de que a pesar del ventarrón y las ropas lograra oírme. Bastó que alzara la mirada y levantara una mano para que yo volviera a estar enteramente en mí. No lo sé explicar, pero ese simple gesto me devolvió de pronto todo el optimismo y toda la confianza. Me tumbé de nuevo pensando en ello: Sí, aunque el clima empeorara yo conocía esta montaña, sabía bien dónde estábamos y dónde debíamos ir, y me sentí con la fortaleza y la energía para conducirnos, a mi acompañante y a mí, a salvo al refugio. No sé si cinco minutos o media hora después, desde mi improvisado y tétrico cuchitril, veo asomar a Georg como un fantasma sacudido por la ventisca, y acercarse lento, muy lento, a pasos vacilantes. A las 12:53 horas nos abrazamos en la cumbre del Aconcagua. Él comenzó a llorar. Tenía el borde del pasamontaña, su barba y sus cejas totalmente cubiertos de cristales de hielo. Y entonces, este hombre seriote a quien nunca oí hablar durante toda la expedición, me grita cerca del oído en un inglés perfecto «Por favor, te lo suplico, no me dejes solo ahora y bajemos juntos». Le dirigí palabras tranquilizadoras y empezamos nuestro onírico y fantasmal descenso, bajando él primero y yo asegurándole con un cordín, con el viento y la nevisca golpeándonos ahora de frente. Después Georg me confesará que su llegada a la cima y nuestro posterior descenso estaban totalmente borrados de su memoria. Nuestro arribo al campamento Berlín, casi a las 18 horas, provocó gran alivio entre todos los que allí estaban.
Decían que el temporal se sintió durísimo y estaban muy preocupados por nuestra suerte. Recibimos también muchas felicitaciones por ser los únicos en lograr la cima aquel día. Rato después la tormenta comenzó a amainar. Todo el Cerro Aconcagua se mostraba con una capa blanca de nieve fresca, y hacia el oeste el cielo se entreabrió y se adivinaba el Sol ocultándose en el Pacífico.
P.d. El Cerro Aconcagua alcanza 6.960 metros de altura.
Todos los diálogos fueron en idioma inglés.
Con Georg nos hicimos amigos. Años después me visitó y cenamos y brindamos en mi casa. En el año 2018 recibí una carta de su señora, Brunhilde. Georg había fallecido. Me decía que él siempre me tuvo en gran estima.
Al día siguiente de lo aquí narrado, el 18 de enero de 1988, ascendí de nuevo hasta la cumbre del Aconcagua con tres de los cinco clientes que habían regresado en la víspera. Entre ellos estaba el carpintero austríaco. Brillaba el sol.