El encuentro, minutos antes

Los Relatos de Carlota

Nada hacía suponer que ese día sería tan especial. La ciudad estaba tranquila, hacía calor, era pleno verano. Enero estaba siendo un mes ardiente.

Después de comer con dos de mis amigas del colegio —esas amigas que ya no sabes si naciste conociéndolas o si fue el tiempo y la cercanía lo que forjó la relación—, caminé por calles que me resultaban conocidamente desconocidas. Al llegar a esa esquina en la que tantas veces me había detenido a mirar, esperando verlo en el mostrador de la recepción del hotel de sus padres, noté que el hotel había cambiado de nombre. Algo golpeó mi cabeza. Fue como un tsunami de recuerdos. Olas y olas de imágenes aparecieron en mi retina.

Comencé a caminar rápido, como queriendo huir sin querer hacerlo.
Pasé por el costado de la gran biblioteca y me disponía a entrar al metro cuando escuché mis propias palabras, dichas alguna vez a quince mil kilómetros de distancia:
«Tienes que buscarlo.»

Salí de la boca del metro y caminé hasta la esquina, mirando pero sin reconocer nada. Crucé la gran y ancha Alameda, y donde antes estaba el teatro con pantalla Cinemascope, ahora hay algo extraño. Caminé rápido, el sol pegaba muy fuerte. Las calles parecían sucias y abandonadas… pero sabía que no era así.

Por fin distinguí esa gran pared roja. Uno de los pocos edificios coloniales que aún quedan en la ciudad. Caminé con ilusión, contenta, con un poco de nervios, pero segura de que era lo que debía hacer.

Doblé en la esquina y reconocí la calle adoquinada. Está igual. Allí el tiempo no ha pasado. El portal está tal como lo recordaba. Subí los tres peldaños y abrí la puerta, una vez más.

En el mostrador había un hombre joven y amable, a quien pregunté por él.
—¿Sí, de parte de quién? —me respondió.

¿Quién soy? ¿La de antes, la de ahora, o quizás la de siempre? No lo sé.
—Soy yo —dije.

El hombre salió de su lugar y abriendo una pequeña puerta, desapareció.
Miré alrededor, y todo me pareció familiar.
Me senté en un sofá antiguo que me acogió como antes.

La puerta se abrió y salió un hombre al que reconocí de inmediato. Su ceño estaba un poco fruncido, pero con cada paso que daba hacia mí, su rostro cambiaba… hasta que esbozó una amplia y bonita sonrisa de alegría. Me había reconocido.

Para ser honesta, no recuerdo bien el diálogo.
Solo sé que sentí una enorme alegría de estar allí, parada frente al “subemontañas” el amigo de la adolescencia.