Cuando viniste

Los Relatos del Subemontañas

Cuando viniste… estaba almorzando, siempre con mi estilo de tarde avanzada. Lo hago así porque, por la mañana, si desayuno tendría que esperar al menos —pero sería lo mínimo— una hora para entrenar. Entonces me tomo un par de expresos con sus correspondientes cigarritos y, al regresar del parque, junto con el lavado, las facturas, las llamadas, la ducha y cocinar para mí y para doña, desayuno.

Después voy de compras y/o al banco y le sirvo el almuerzo a mami. A esa altura ya estoy raja, y me voy a tomar un aperitivo —yo digo: «me leo una chela»— y a complementar las compras o los trámites. Vuelvo a tender el lavado y me dispongo a mi comida.

Cada uno de mis días es así.

Estaba en eso cuando llega Juanca:

—Lo buscan, don Ítalo.

¿Quién será?

—Dice que es una amiga, que es una sorpresa.

Acá tenemos un chiste: cuando esperamos pasajeros o algún encargo, digo «voy a comer algo», porque siempre llegan los pedidos o los encargos cuando estoy en eso.

Pero ya no me enrollo mucho y simplemente voy.

Hay una mujer con aspecto de canaria que reconozco en menos de un segundo —siempre creo que he sido buen fisonomista—. Luce un atractivo contraste entre su piel mate y un vestido blanco luminoso. Su pelo entrecano sigue el juego.

Tiene la misma sonrisa sutil y algo enigmática, y sus ojillos perspicaces también sonríen.

¡Carlota!

No sé por qué, en un breve momento, dudé de que fuera verdad. Pero, al acercarme, no había duda.

¡Era ella!