
Ya por fin había conseguido un trabajo y estaba en proceso de sacar mi visa de trabajo —pero eso es parte de otro capítulo.
Llevaba una semana en mi nuevo cargo de directora de arte audiovisual en una agencia de publicidad. Un cargo que, hasta ese momento, no existía y que creo que no volvió a existir, pero que yo tuve. Tenía que realizar diez comerciales para el banco más grande del país. Antes de mi llegada se habían aprobado los presupuestos y se habían elegido las empresas productoras que los harían. Yo llegaba justo para hacer mi papel de directora de arte. Usualmente este rol lo asumen las productoras audiovisuales, pero en esta ocasión el cargo estaba dentro de la agencia.
Las empresas serían dos, para optimizar el tiempo y los recursos. Cinco los haría una productora con un director argentino que había llegado a Bogotá en busca de nuevos mercados. Esta productora estaba más orientada a la tecnología y realizaría los cinco comerciales que requerían mucho trabajo de postproducción. Los otros cinco los haría una de las productoras más prestigiosas y famosas del país. Para estos comerciales había muchos detalles que cuidar: se filmaría por todo el país y se emularían distintas épocas. Sería un trabajo más largo y difícil.
Cuando tomé el cargo, las cosas ya estaban definidas y solo había que ponerse a trabajar. Y eso era lo que yo más quería en la vida: trabajar. Ya los recursos escaseaban, vivía en un cuarto alquilado y trabajaba por las noches como jefa de un bar en la zona rosa de la ciudad. Este trabajo lo dejaría tiempo después, con el dolor de mi alma, aunque continué siendo lo que fui en un comienzo: clienta. De esas que se sientan en la barra y charlan con todos los asiduos clientes del sitio… ¡cómo amé el Escondite y cómo me amó Pacho!
Siguiendo con el tema. La chica que hacía de productora me informó que todas las reuniones ya estaban coordinadas para estos trabajos y me avisó que, en dos días, tendría la primera reunión a las 9 de la mañana con el director y el productor de los comerciales complejos, para que me conocieran y comenzáramos a organizar todo el proceso.
Nadie podía imaginar que, un día antes, llegaría la policía de inmigración a mi oficina y me encontraría sentada en mi escritorio trabajando. Aún estaba sin papeles, es decir, era una ilegal. Había una alta probabilidad de que me deportaran, pero también era verdad que tenía buenos contactos… pero esa historia va en otro capítulo.
La reunión se adelantó a las 7 de la mañana por razones legales. Era posible que yo, a las 9 —hora a la que la policía me había citado—, quedara detenida y, con mala suerte, fuera deportada.
Vivía a dos cuadras largas de mi oficina y solía irme siempre por el mismo camino, pero ese día comencé a hacer lo que hacen todos los perseguidos: cambié mi ruta habitual. Hice nuevos recorridos tan absurdos que muchas veces llegué a caminar hasta diez cuadras solo por la psicosis que implica saberte vigilado por alguien.
Ese día llegué diez minutos tarde por esos recorridos inusuales, y ya estaban todos esperándome. La sala de reuniones tenía unas seis personas, de las cuales solo reconocí el rostro de mi asistente. Todos fueron presentados, uno a uno. Mi cabeza ya estaba en su rol de fugitiva de la justicia, por lo que mi nivel de concentración era escaso y la neurona del piloto automático estaba activada. Yo pensaba: ¿qué haría si me dejaban retenida? ¿Anton o John harían lo posible por evitarlo? Pero… ¿me dejarían llamarlos?
Todo eso estaba en mi mente mientras veía que las bocas de las personas a mi alrededor gesticulaban palabras que no escuchaba. Creo que en un momento alguien pronunció mi nombre y recién ahí logré conectarme nuevamente. Pedí disculpas y comenté el motivo por el que se había tenido que adelantar a hora tan inusual la reunión.
Al terminar de hablar, escuché las palabras mágicas:
- No te preocupes, Alejandro te acompañará y no dejará que te pase nada.
Era el director de los comerciales el que me hablaba. Su nombre es Antonio José Piñera. Luego descubriría muchas cosas de él y en él, pero por ahora era alguien que me ofrecía una ayuda que necesitaba con el alma. Lo miré por largo rato sin poder decir palabra. Había algo en él, no sabía lo que era. No lograba descifrar exactamente qué hacía que me quedara mirándolo… hasta que miré sus manos.
Esas manos me eran familiares. Quizás en algún sueño erótico habían sido manos que me recorrieron… o quizás eran manos que, en alguna otra vida, me habían protegido de los latigazos que me habían dado por ser bruja. No lo sé, pero esas manos me hablaban.
Por un momento tuve la tentación de ponerme a viajar por esos pensamientos, pero no podía. Tenía que justificar el hecho de que Hugo se la hubiera jugado por mí y me hubiera dado la posibilidad de demostrar lo que él había visto en esta mujer, que fue capaz de irse en un autoexilio emocional a esas tierras.
Logramos tener una reunión productiva y terminar a tiempo para ir a la calle 100 a presentarme ante la policía. Alejandro me llevó. Fue mi guardia personal. Descubrí que muchos policías lo conocían; saludaba a todo el mundo. Era verdad que cuando A.J. me dijo que no me pasaría nada, era así. No me estaba pasando nada… ya que no hablaba. Alejandro me había dicho que lo dejara todo en sus manos, y así fue. Salimos de allí a los quince minutos. No sana y salva del todo, pero lo que sí era claro era que no me deportarían. No tendría que tomar un avión con lo puesto y llegar a la frontera más próxima cargando solo mi pasaporte. Estaba salva gracias a esas manos.
Alejandro me llevó de vuelta a la oficina. A la hora, recibí un llamado. Era A.J., para saber si todo estaba bien conmigo. Su forma de hablar pausada trajo calma a mi espíritu. Y en ese momento tuve la certeza, más fuerte aún, de que no estaba sola.
Continua…