
¿Alguna vez te has detenido a pensar en el privilegio que representa tener un determinado color de piel?
Si vives en un país donde la mayoría de la población es blanca y tú también lo eres, probablemente jamás te lo hayas cuestionado. Quizás ni siquiera seas consciente de ello. Pero ese simple detalle —tu tono de piel— puede decidir cómo te tratan, cómo te miran y, tristemente, si te respetan.
Hoy fui testigo de una escena que me atravesó el alma. Una humillación más, de esas que muchos sufren a diario. Esta vez no fue conmigo, pero me dolió como si lo fuera. No pude quedarme callada.
Estaba en la fila del supermercado. Todo parecía rutinario, hasta que vi cómo un joven africano pagaba una botella de agua y se dirigía a la puerta. Al poco rato, regresó acompañado por un guardia de seguridad. Este llevaba en la mano el comprobante de pago: el joven había pagado correctamente. Y sin embargo, lo habían detenido.
Pregunté a la cajera si él había abonado el importe justo, y ella me lo confirmó. Cualquier otro lugar, cualquier otro caso, habría terminado ahí, con disculpas incluidas. Pero no. El joven no hablaba español. Desesperado, preguntó si alguien entendía inglés. Le dije que sí.
Me explicó que solo había comprado una botella de agua, la había pagado y salió bebiéndola. Me aseguré de nuevo de que todo estuviera en orden, y lo estaba. El guardia insistió en que esas botellas se vendían en pack de seis. Pero el sistema y la cajera habían aceptado la compra individual. Entonces, ¿por qué seguir tratándolo como un ladrón?
Llegó el jefe de tienda. Admitió que se había tratado de un error de la cajera y que el importe era correcto. Aun así, cuando el joven pidió que le devolvieran el dinero —ya no quería el producto—, la respuesta fue que no, porque la botella estaba abierta.
Le pregunté al jefe si pensaba compensar de alguna forma el mal rato, la humillación, el daño causado. Me miró y dijo:
—Va… ¿y a usted qué le importa?
Salí del supermercado con esa frase taladrándome la cabeza.
¿Qué me importa a mí?
Me importa mucho.
Me importa que el color de piel de una persona aún determine si puede beber agua sin ser juzgado. Me importa que alguien pueda ser retenido, interrogado, humillado… por 0,32 céntimos. Ese fue el precio del honor de un joven nigeriano, ese día, en Madrid.
Lo acompañé a buscar a un policía. Solo pedía algo justo: la devolución de su dinero. Ya había devuelto la botella. Le faltaba apenas un sorbo, el que bebió antes de que lo acusaran.
¿Quién era el ladrón ahora?
Él devolvió el agua. Pero, ¿quién le devuelve su dignidad?
¿Quién le devuelve esa sensación de igualdad con los demás?
¿Quién le garantiza a la mujer indígena, al joven latino, al hombre oriental o a la madre rumana que no les pasará mañana lo mismo?
¿A mí, incluso?
¿Me habrían hecho lo mismo a mí?
La respuesta, triste y casi obvia, es no. Porque mi piel blanca me protege. La suya lo condenó.
Él pensó, ingenuamente, que comprar, pagar y beber era todo lo que tenía que hacer. Pero no. Su color implicaba mostrar el ticket, someterse a dudas, al escarnio y al trato de sospechoso.
Y al final, se quedó sin la botella, sin el dinero, sin explicaciones… y sin orgullo.
No escribo esto para condenar a todos los madrileños. Yo también vivo en Madrid. Pero algo está pasando. Algo no funciona cuando un jefe de tienda puede mirar a alguien y decirle: “¿y a usted qué le importa?”
Me importa. Me importa mucho.
Me importa vivir en una ciudad donde todos podamos comprar y beber agua sin que el color de nuestra piel pese más que nuestras acciones.
Me dolió tanto lo que vi, que terminé pidiéndole perdón a ese joven en nombre de otros como yo, que por el simple hecho de tener una piel más clara, creen tener el derecho de humillar, de juzgar, de no pedir ni siquiera una disculpa cuando se equivocan.
Siento vergüenza del poder que mi color de piel me da frente a otros.
Nunca había presenciado una discriminación tan clara.
Y duele más aún que haya sido aquí, en Madrid.
La tierra prometida para tantos.
Lo único que deseo ahora es que jamás le vuelva a pasar a nadie.
Ni en Madrid.
Ni en ninguna parte del mundo