El muro, la construcción

Los Relatos de Carlota

El silencio fue levantando una barrera entre él y yo.
Intenté mil maneras de derribarla.
Sonrisas, caricias, miradas… creo que lo intenté todo, o casi todo.
Pero sabía, en lo profundo de mí, que solo las palabras eran el camino correcto, el adecuado.

Sin embargo, como suele pasar cuando uno más necesita algo, las palabras no llegaban. No encontraba ni el momento, ni el lugar, ni siquiera las palabras en sí. No fluían de mi boca como agua fresca… ¡claro que no!
Eso solo me ocurre cuando no tengo “nada que decir”. Lo pongo entre comillas porque, con los años, aprendí que siempre estamos diciendo algo, incluso en el silencio.

Vi cómo el muro se levantaba. Yo no tenía la fuerza que siempre me había caracterizado para hacer algo al respecto. Solo observaba. Y, siendo honesta, también fui parte de la construcción.
Debo decir que no se trataba de falta de voluntad para derribarlo… era miedo.
¿Se han dado cuenta de que el miedo paraliza? Enfría los músculos y nos deja inmóviles, pasivos… como muertos. Claro, muertos de miedo.
Pero este miedo mío no era otra cosa que temor a volver a sufrir.

Alguna vez escribí algo así como: Que el miedo no me paralice. Desde entonces, soy muy consciente de cada una de mis parálisis. Por un tiempo, pensé en vivir desde una silla de ruedas emocional.
La pena fue descubrir que no existen tiendas donde se vendan, ni médicos que las receten.

Volvamos al muro.
Al principio, además del miedo, empecé a sentir una molestia entre los omóplatos. Pensé que era una contractura muscular, por eso de jugar a ser albañil. Después desarrollé la teoría del corazón mal ubicado, una idea que todavía sostengo.

A veces creo que, con tantas exageraciones en mi vida, podría pertenecer a ese selecto grupo de personas abducidas que nunca se enteran. Quizás fui sometida a alguna cirugía experimental para soportar tanto: resistir, aguantar, sobrellevar una sucesión de hechos fortuitos, emocionales y accidentales.
Sí, creo de verdad que soy —si no una intervenida— una híbrida terrícola.

El muro iba tomando forma. El silencio crecía, y el dolor en la espalda seguía ahí.
Como buena pisciana, pensé en consultar algún oráculo, para que me dijera si el dolor era físico o si representaba simbólicamente lo que estaba viviendo.
Y, como suele ocurrir, mis oráculos hablaron.

Uno habló de cambios en el hogar, de ampliar espacios. Nunca supe si eran espacios físicos, mentales o emocionales.
El otro habló del silencio, de saber callar a tiempo.

Mi confusión aumentó cuando, además del dolor en la espalda, noté unos pequeños bultos. Ya me había pasado antes, con un dedo… ¿sería por señalar tanto a los demás el camino que debían seguir?
Pero estos estaban en la espalda. Todo empeoraba: el muro, el dolor y ahora los bultos.

El muro ya era tan alto que apenas podía ver a mi pareja.
El dolor me acercaba cada vez más a la teoría del corazón mal ubicado.
Y los bultos me hacían pensar en otra hipótesis: la del ángel caído.
Sí, yo. Expulsada del cielo o de alguna nave que no supo qué hacer conmigo.

Diez días después del inicio de esta historia, un martes por la mañana, tocaron el timbre de casa.
Era un inspector municipal, con identificación en mano, que me pedía los permisos para construir un muro.
Imaginarán mi cara: no tenía permisos, ni planos, ni certificados… nada.

La situación había trascendido lo íntimo: ahora era un asunto municipal.
Pensaba que el muro era algo entre mi pareja y yo, invisible para el resto. Pero no. Los vecinos también lo veían. Incluso el inspector.

Él tomó medidas y, tras un rato, determinó que el muro tenía 3,20 metros de alto por 7 de ancho.
Mientras compartíamos un café con galletas, le conté cómo comenzó todo.
Le dije que los únicos documentos que podían avalar ese muro eran la libreta de matrimonio —de otra comuna—, el carné de la institución de salud provisional y algunos papeles más.
Él me respondió que eso no servía, pero que no me preocupara: había mucha gente construyendo sin permiso.
Que su trabajo era regular, no sancionar.

Finalmente, me dejó un permiso firmado por él, con timbre de la municipalidad.
Ahora, el muro era legal.
Eso significaba que tenía autorización para callar, para no comunicarme, para distanciar nuestros pensamientos y postergar el proyecto de vida en común.
Autorización oficial para que cada uno hiciera su vida… desde su lado del muro.

Desde mi perspectiva, el silencio no era el problema. Al contrario, era el síntoma más común en los conflictos de pareja.
Como toda madre sabe, la fiebre no es la enfermedad: es una señal.
Así también el silencio lo es de la separación.

Una vez instalado, solo hay dos caminos: uno de ellos es acudir a una especie de ONU de la pareja, famosos orientadores.
Uso esa comparación porque es un espacio donde todos pueden participar.
En sociedades como la mía, quien aporta el dinero suele tener el poder.
En este caso, ese poder lo tenía yo. No por ganar más, sino porque, desde pequeña, mis padres me enseñaron a decidir por mí misma.
Esa herramienta tan poderosa —la confianza— me había dado seguridad, autonomía, firmeza…
Pero ahora, frente a este muro, no era suficiente.

Tenía la confianza, el valor, la seguridad en mí misma… pero me faltaba el ánimo.
Y, tal vez, otras habilidades que ni siquiera sabía si poseía.

Todo empezó con una discusión que, en su momento, me pareció menor.
Pero no lo fue.
No para él. Para mí quizás sí. Para él, rotundamente no.
Uno de esos “no” definitivos, que duelen.

El muro —como había dicho el inspector— medía 3,20 metros de alto por 7 de ancho.
¿Eso era mucho o poco?
Ya había perdido la capacidad de distinguir.

Yo sentía que daba mucho.
Andrés pensaba que era poco.
Que era medida en mis sentimientos, que era calculadora, que siempre tenía la razón.
Solo le faltó decir que era fría.
Bueno, no lo dijo literalmente, pero estoy segura de que lo pensó.
Y ahora, lo siente más que nunca, porque el muro no solo se levantó en la casa… también existe en la cama.