
Ella era una chica campesina, de buena familia.
Él era hijo de un hacendado que dejó el campo para estudiar en la gran ciudad.
Estaban comprometidos desde pequeños.
Con los años, ella se había convertido en una mujer «ganosa».
Él, en cambio, era un joven que sentía que podía conquistar a la mejor chica del burdel.
Hacía mucho que ella lo miraba con otros ojos, al joven que ahora era su esposo.
Por fin sentía que tenía derecho a experimentar lo que él siempre le había provocado desde que era una niña.
Pero había descubierto que él no era el único que despertaba esas sensaciones en ella.
Más aún: había otros que le daban mucho más placer del que jamás imaginó que pudiera sentir.
Ya habían pasado varios meses desde la boda y ella solo esperaba el momento propicio.
Solo necesitaba preparar bien los escenarios.
Lo había dudado muchas veces, pero su cuerpo le pedía a gritos la libertad de sentir.
Su cuerpo se había acostumbrado al placer que le provocaban otros hombres, un placer que su joven y promiscuo esposo le negaba.
Y entonces llegó el día.
Una vez consumado el acto amatorio, ella tomó el punzón con el que había recogido su cabello y, como una mantis religiosa, lo alzó sobre el cuerpo de él.
Cuando él separó su cuerpo del de ella, se lo clavó con precisión en su acelerado corazón.
Nadie logró explicar del todo el porqué de ese acto.
Décadas más tarde, en una silenciosa subasta en una librería antigua del centro de Londres, se remataba el diario íntimo de una asesina.
Entre los asistentes, un hombre destacaba por sus lentes redondos y su elegancia inconfundible: Elton John.
Pujaba con calma.
Quería aquel diario como obsequio para su joven amante.