
Aquí estoy otra vez, sentado en esta rambla donde la vida pasa delante de mí.
Son las doce de la noche y el calor no afloja.
Me he tomado unas doce cañitas, como les llaman aquí a las cervezas pequeñas, y aún no siento la embriaguez que quisiera.
Ángel, el mesero, es muy atento conmigo. Lo conozco desde hace años y es el único de los mozos que aún te saluda.
Aún no logro descifrar su rostro.
No creo que sea lástima…
Lástima tendría que tenerle yo a él. ¿No piensas?
Trabaja todo el día por unas míseras libras de propina… ya, ya, euros, porque siempre me corriges.
¿Será lástima? ¿Será eso lo que me dicen sus ojos?
La gente me mira con indiferencia. Para muchos, soy apenas un «giri» más.
¡Ja! Si supieran que vivimos aquí desde hace más de veinte años…
¡Cuánto me costó entender esta cultura del paseo por la rambla!
Ya no recuerdo cuántas veces hemos estado sentados en este mismo bar, en esta misma rambla.
La primera vez fue hace tanto… Sé que tú no lo recuerdas, pero me harías creer que sí, y me convencerías de que han pasado cuarenta o cincuenta años. Yo no sé cuántos.
Sabes que soy muy malo para las fechas.
Amalia, tu cerveza se entibia.
El mozo ofrece cambiártela; insiste en recordármelo.
Yo le pido que la deje ahí.
Él cree que estoy loco.
Creo que hubo función en el Liceu. ¿Recuerdas cuando fuimos a escuchar a Pavarotti?
Cómo te gustaba ese gordo.
¿Lo has visto?
Este año hay más turistas y tú ni lo notas.
Le pido a Ángel que nos traiga una tortilla.
Ángel trae dos tenedores. Él siempre te recuerda.
La gente sigue caminando. Ya han pasado tres vecinos de mesa.
Yo no me moveré de aquí hasta que empiecen a recoger las sillas.
No quiero llegar al piso.
Allí estoy solo.
Aquí, en cambio, tú siempre me haces compañía.